"Volver a despertar el corazón" circular del superior general de la Obra Don Orione

Queridos hermanos,


Ya ha pasado más de un año desde que se concluyó el 14 Capítulo General y es necesario continuar haciendo resonar el tema que retoma una expresión de Don Orione: “servidores de Cristo y de los pobres”. Con este tema - se acordarán - se indicaba el interés y el objeto central de los trabajos capitulares, es decir, la “persona del religioso Orionita”, su identidad humana, espiritual y apostólica y su inserción en el contexto cultural y eclesial de hoy.


En la fase de preparación toda la congregación ha estado involucrada en la reflexión y el discernimiento, de modo que el aporte de análisis y propuestas llegadas al Capítulo, ha sido realmente "general", fruto de la efectiva participación de todos. Para favorecer aún más la comprensión de la temática referida a la persona del religioso, se llevó a cabo una "encuesta socio-religiosa", en la que participaron todos los hermanos a través de Internet. Las conclusiones fueron presentadas durante el Capítulo General, por su Coordinador, Don Vito Orlando, y también fue considerada por el P. Amedeo Cencini que presentó una lectura pedagógica sobre el tema tratado.


La sensación de todos, capitulares y expertos externos, al evaluar los resultados de la encuesta fue muy positiva, aunque esta haya puesto de relieve muchos desafíos y algunas deficiencias de nuestro modo de vivir. Encuentro la síntesis de estos pareceres en la reacción del P. Cencini que ha captado los siguientes puntos positivos:

  • "Por el aliento muy amplio, de veras católico, eclesial y universal, que surge del conjunto de respuestas y propuestas, fuera de esa autoreferencialidad a menudo subyacente en estas operaciones.

  • Por la vitalidad que manifiesta el instituto y la atención a la actualidad del mundo y de la Iglesia.

  • Por la verdad con la que cada uno se ha expresado, y que se capta en las observaciones también críticas y autocríticas

Y concluye:

  • Pero, sobre todo, la sensación positiva se relaciona con la imagen general que se desprende de esta encuesta: de un instituto en el que los aspectos positivos superan ampliamente a los datos problemáticos o incluso negativos”.

Entre los muchos datos recogidos sobre los puntos fundamentales de nuestra vida, algunos con grandes provocaciones a nuestro presente y para nuestro futuro, yo concentro mi atención sobre un aspecto de la encuesta que nos cuestionaba sobre las reacciones que hemos de tener y las estrategias a adoptar para afrontar los desafíos del cambio: “Hoy estamos inmersos en cambios profundos y continuos que interpelan nuestra identidad como religiosos”. Por lo tanto, “¿qué recursos se deben poner en marcha y qué cuidados hay que tener para no encontrarnos desprevenidos frente a lo nuevo?”


El resultado de la encuesta, en este caso, dio importantes indicaciones para sostener la posición del religioso orionita, para mantenerlo "de pie" en un contexto de profundos y continuos cambios. Según el resultado de la investigación, es crucial:

  1. Fortalecer la identidad carismática

  2. Resguardar el sentido de pertenencia a la Congregación, estrechamente vinculado al

  3. Cuidado de la renovación espiritual.

Se observa de inmediato que son indicaciones relevantes y fundamentales. De hecho, ser conscientes de nuestra identidad carismática es la condición para afirmar nuestro lugar en la Iglesia, a fin de servir mejor al Pueblo de Dios en la realidad presente de profundos cambios. Esto significa que cuanto más Orionitas somos, tanto más somos capaces de dar nuestro aporte a la Iglesia en un mundo en constante cambio. Pero el resultado de esta pregunta también dice que no se puede entender nuestra identidad, si no hay sentido de pertenencia, entendiéndola, sin embargo, con una doble referencia: pertenencia a la Congregación (vínculos afectivos y efectivos) y “pertenencia al Señor”, de donde nace la insistencia en el cuidado de la renovación espiritual.


Las respuestas han demostrado que, además de centrarse en la identidad carismática y la doble pertenencia, también es esencial estar alerta a la activación de estrategias y recursos capaces de "volver a despertar el corazón". Más de un tercio de los hermanos se pronunció de ese modo.


La misma atención se ha pedido por algunos aportes llegados al Capítulo desde las Provincias, después de las diversas etapas de reflexión (personal, comunitaria y provincial). Aun subrayando el entusiasmo de “muchos hermanos que manifiestan la alegría de ser Orionitas y de servir a la gente”, los aportes han puesto en evidencia la necesidad de estar atentos a cualquier señal de insatisfacción y desaliento, de inercia y falta de acción, insinuando también el riesgo de que algunos vivan un estilo de vida “instalado”, a veces con una “apariencia” de vida religiosa, hecha de observancia externa, que sigue adelante, pero con un “corazón apagado”. Se ha llamado la atención hasta sobre el riesgo de una cierta “depresión espiritual” debido a una “espiritualidad de baja calidad, no centrada en Jesús”, caracterizada por una falta de pasión por el Señor, por la comunidad y para el apostolado.

Recogiendo estos datos, los padres capitulares han comprendido que es “particularmente urgente la atención a la humanidad del religioso mismo” (cfr. 14CG, n. 5), y que esa “atención” - Me refiero a la Línea de Acción No. 1 - debe ser concretizada especialmente a través de la decisión de poner en marcha “una formación permanente integral” que de la posibilidad de “asumir y, cuando sea necesario, sanar la propia historia y así crecer en la conformación con Cristo”. Y han promovido una “formación más experiencial”, no sólo teórica o informativa (dimensión cognitiva), sino que involucre a toda la persona de una manera integral.


Para reforzar la necesidad de una respuesta a estos niveles, promoviendo las dinámicas de la formación continua, el resultado de la encuesta ofreció un ulterior dato, de mucho peso que llama a la reflexión. Es significativo, que la mayoría de los que han considerado importante insistir en una estrategia para "volver a despertar el corazón" son hermanos de entre 6 y 35 años de profesión perpetua, principalmente en el rango de 35 a 60 años de edad, y en caso de ser sacerdotes tendrían entre 10 y 30 años de ministerio. Estamos hablando por tanto de la llamada “segunda edad” de la vida; de una generación que ya ha superado el periodo de formación inicial, y también los primeros años del ministerio, en el que se comienza a sentir que avanza la edad y tal vez la disminución de ese “intenso” entusiasmo juvenil; de una generación condicionada por una lectura menos ilusoria de la vida, que se da cuenta más fácilmente de algunas situaciones de duda vocacional y ciertos contextos de aridez espiritual, tal vez con alguna experiencia de desaliento por la percepción del “exceso de las exigencias y de los límites del propio obrar” (cfr. Deus Caritas Est, 35). Por todo esto, una generación capaz de identificar esos corazones inmersos más en el sueño que en los sueños. Necesitados por tanto de volver a "despertarse".


Amor est in via - El amor está en camino


Un corazón inmerso más en el sueño que en los sueños, ¿cómo se hace para volver a despertarlo? Empecemos por la Palabra de Dios y por una consigna del Capítulo.


La Palabra de Dios, proclamada diariamente durante el Capítulo, especialmente en la Santa Misa, moduló el ritmo de los trabajos ¡Cómo no recordar el pasaje leído en la celebración de apertura junto al cuerpo de Don Orione: “Cada vez que han hecho esto a uno solo de mis hermanos más pequeños, me lo hicieron a mí” (Mt 25, 40)! Y el Evangelio del Día de las Elecciones: “El Hijo del Hombre vino a servir” (Mc 10, 45) O el texto de la Misa en Santa Ana cuando, antes de reunirnos con el Papa, el Señor nos puso en guardia contra el riesgo de presentarnos como un árbol lleno de hojas pero sin fruto (Cfr. Mc 11, 12-14).


Cada día el Capítulo nacía de la escucha de la Palabra de Dios y acogía el Evangelio como su norma de vida (cfr. Verbum Domini, No. 83). Y así fue, especialmente en el último día, en la Capilla del Paterno, en Tortona. La última palabra del Capítulo fue la Palabra de Dios, el momento en que el Señor ha hecho “arder nuestro corazón” (cfr. Lc 24,32), al entregarnos un icono evangélico para el post-capítulo. Era el X Domingo del Tiempo Ordinario (Año C) y el pasaje del Evangelio era el encuentro de Jesús con la viuda de Naín (Lc 7,11-17).


Podemos dejarnos inspirar por el icono evangélico de Naín para descubrir el secreto de un “corazón siempre despierto” y ciertamente también el itinerario a recorrer, hecho de contenidos y condiciones, para "volver a despertar el corazón", el nuestro y el de los demás. Por lo tanto, miremos a Jesús, observemos su humanidad que es, como decía San Agustín, “el camino a recorrer para alcanzar la meta que es su divinidad” (cfr. San Agustín, Homilía 42, n.8). En este itinerario propongo dejarnos guiar interiormente por estas preguntas: ¿Por qué el corazón de Jesús está siempre “despierto”? ¿Por qué su corazón es “un corazón que ve”? (cfr. Deus Caritas est, n ° 31).


Al comienzo del pasaje evangélico del encuentro de Naín encontramos una indicación para la respuesta. Lucas, en todo su Evangelio, y especialmente en el texto en cuestión, presenta a Jesús como un “corazón” en camino, en movimiento, que nunca se detiene. Si tratamos de imaginar cómo era la jornada de Jesús “al leer los Evangelios podemos decir que la mayor parte del tiempo lo pasaba por la calle. Esto significa cercanía a la gente, proximidad a los problemas. No se escondía” (Papa Francisco, en Génova, 27/05/2017). Debido a este estilo Suyo, la calle era con frecuencia el lugar de las sorpresas de Dios, de los encuentros inesperados y no programados, pero siempre transformada en un “espacio” de salvación, de “decisión vocacional”, por tanto de evangelización. La calle era siempre “misionera”. De hecho, si preguntamos el “por qué” de esta actitud de Jesús o si, más específicamente, preguntamos qué lo empujaba a dirigirse a Naín, encontraríamos la respuesta avanzando en el texto lucano y deteniéndonos en el capítulo 8, versículo 1, que dice: “andaba por las ciudades y las aldeas (vivía en la calle), predicando y anunciando la buena noticia del Reino de Dios”. Por lo tanto, no existe una motivación referida al destino geográfico. Su “agenda” era “una orientación” (¡Una “persona orientada”! hacia el oriente, ¡donde nace el sol!). Su “corazón” era una “pasión”. Comprometía todos sus afectos y todo su deseo en un único contenido: anunciar la buena noticia del Reino de Dios y siempre “en la calle” porque “Amor est in via, recordaba San Bernardo, el amor está siempre en la calle, el amor está siempre en camino” (Papa Francisco a los capitulares, 27/05/2016).


A continuación, el evangelista relata que los pasos de Jesús se detuvieron en la puerta de la ciudad de Naín ¡Pero no se detuvo su “corazón”! Continúa moviéndose interiormente y este movimiento se intensifica por una situación que su mirada descubre al instante. Impresiona la descripción de la escena. Por un lado, con Jesús, están “los discípulos y una gran multitud” (Lc 7,11), por la otra, “mucha gente de la ciudad estaba con la madre viuda” (Lc 7, 12). Imaginamos con razón a muchas personas, sin embargo, la mirada de Jesús capta de inmediato y antes que nada a la madre que sufre. Tiene ojos solo para ella, como si fuera la única presencia en la escena: “Viéndola, el Señor sintió una gran compasión por ella” (Lc 7,13). He aquí, “el hombre del ojo penetrante” (Nm 24, 3), el Señor tiene ojos y ve como nadie, y por esto la madre viuda entró en su corazón. En esa mirada que dura un instante, el Señor hizo una “lectio humana” del cuerpo sufriente de la madre. Y es por eso que se convierte no sólo en un corazón “apasionado” sino también “compasivo”. En efecto, como reza un dicho medieval, “Ubi amor, ibi oculus” (“donde está el amor, ahí está la capacidad de ver”). Para Lucas, en el texto de Naín, lo contrario también es cierto: “Ubi oculus, ibi amor” (“donde está la mirada, ahí está el amor”).


Sabemos bien que la “compasión” es una palabra muy querida para Lucas. Aquí, en el pasaje de Naín, este sentimiento se expresa de una manera “relacional”, causando el renacimiento y el despertar de la vida en las personas involucradas. El corazón de la madre se transforma, se vuelve a despertar cuando la luz de sus ojos en lágrimas encuentra la luz de los ojos de Jesús. Siente la cercanía de Dios (habría dicho con Lucas 1:68: “¡Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo!”). Pero es sobre todo el joven que se transforma, resucita y retoma la facultad de comunicarse y relacionarse. Lucas sólo informa que “el muerto comenzó a hablar”. Pero, ¿qué cosa habría dicho? Con todo su corazón, simplemente: “¡Gracias!”. Y tal vez habría agregado: “Estaba muerto y he vuelto a la vida” (Lc 15, 32). Finalmente, también para Jesús, mirar el rostro lleno de lágrimas de la madre y el cuerpo inerte del joven se convierte en una oportunidad para la transformación, el despertar, la conversión, “en el sentido de ayudarlo a enfocarse con más claridad en su misma vocación de Kyrios (el Señor) compasivo, el enviado de Dios” (En: Nicoletta Fusaro, Con-Pasión, Ed. Cittadella, página 128).


Hay otro aspecto en este icono evangélico que merece ser subrayado. Cuando Jesús, en la puerta de Naín, observa que “llevaban a enterrar un muerto, hijo único de madre viuda” (Lc 7, 12), inmediatamente captó una situación de “desorden” que tenía que ser sanada. “Está fuera de orden” que una madre entierre al propio hijo. La acción de Jesús, por lo tanto, está destinada a “poner orden”, a “reordenar”, a devolver la armonía a la creación (Es cierto que el joven devuelto a la madre volverá a morir, pero ¡que no sea antes que ella!). Todo sucede como “en el principio”, en el capítulo 1 de Génesis, cuando el caos fue ordenado por una palabra divina. Como entonces, “Dios dice”, “¡Levántate!”, que significa “¡despierta!”, “¡resurge!”.


En la puerta de la ciudad de Naín se encuentran dos cortejos. Sobre el de Jesús y de los discípulos se nos informa solemnemente que los participantes “caminaban”. En cambio, sobre el otro, simplemente se dice que “llevaban a la tumba a un muerto”.


Los dos cortejos son una metáfora de nuestra vida. De vez en cuando nos toca decidir de qué lado estar. Los que tienen el “corazón despierto” acompañan a Jesús, están “en camino”, en movimiento como Él. Participan de este cortejo también los que “en ciertos lugares” eran conocidos como “los curas que corren porque siempre se los veía en movimiento, en medio de la gente, con el paso rápido de quien tiene prisa” (cfr. Papa Francisco, a los capitulares, 27/05/2016).


Un corazón sin fronteras


Al icono evangélico de Naín podría corresponder, para nosotros, el icono orionita del episodio de la confesión del que había envenenado a su madre. Cierto, no es fácil seleccionar en la vida de Don Orione - vista la abundancia - un único hecho para demostrar su “corazón siempre despierto”, “siempre inclinado” hacia las necesidades del prójimo, o para identificar “la serena ternura de su mirada”, como escribía Ignazio Silone. Sin embargo, el encuentro con el matricida arrepentido en la carretera, que va de Castelnuovo a Tortona, se ha vuelto el símbolo clásico.


La historia, contada varias veces por Don Orione, es bien conocida y sucedió después de la ardiente predicación de una misión en Castelnuovo. “Una tarde hablé de la confesión”, cuenta Don Orione. “Entonces - nunca lo había pensado antes - el Señor me puso en los labios este pensamiento: Mire - dije - la misericordia de Dios es tan grande que aunque alguno de ustedes hubiera puesto veneno en la taza de su madre, si está arrepentido, hay misericordia también para él. Confesé hasta la una de la madrugada. Estaba muy cansado (...) Salí de Castelnuovo para volver a pie a Tortona (…) A cierto punto del camino vi una sombra negra, un hombre envuelto en una capa, parado, mirando hacia mí (...) Cuando estaba cerca de él: Buenas noches, buen hombre; ¿Viene a Tortona? - No, lo esperaba a usted... - Diga... - Escuche bien: ¿usted predicó que si uno hubiese puesto veneno en la taza de su madre, hay misericordia también para él? - Sí - ¿Usted cree realmente lo que dijo? Sí, hijo mío, lo dije y lo creo - Escuche, soy yo, ¿sabe? Ese soy yo" (Parola XI, 234-235). “Se arrodilló y después se confesó llorando y le di la absolución; luego se levantó y me abrazaba y me apretaba, siempre llorando, y no conseguía separarse de mí, tanto era el consuelo que lo inundaba. Yo también lloré y lo besé en la frente y mis lágrimas se confundieron con las suyas. Quiso acompañarme casi hasta Tortona y, sólo por mi insistencia, finalmente, regresó, y continué mi camino con un gran consuelo, con una alegría en el corazón como jamás había experimentado en mi vida (...) Llegué a Tortona todo mojado; esa noche me quité los zapatos y me tiré en la cama, y ​​soñé... ¿Qué cosa soñé? Soñé el Corazón de Jesucristo; sentí el Corazón de Dios, ¡qué grande es la misericordia de Dios!” (Don Luigi Orione e la Piccola Opera della Divina Provvidenza V. III, 124).


Siguiendo el ejemplo de Cristo, la “calle” es también para Don Orione, el lugar de las “sorpresas de Dios”, el lugar de los “encuentros” y de la “salvación” reencontrada, el lugar donde el “corazón muerto” de un pecador revive a causa de la acogida de un “corazón lleno de Dios”.


¡Es totalmente “providencial” este encuentro, divinamente providencial! De hecho, es la Divina Providencia que le da cita al santo y al pecador al borde del camino. Y así, en Don Orione, se realizó “la unidad de los extremos”, un milagro que sólo la misericordia divina podría cumplir: “la persona [de Don Orione] era el 'lugar' del encuentro entre Dios misericordioso y el alma de un pecador” (Paolo Clerici, Don Orione un rostro misericordioso de la Misericordia de Dios).


Parece casi obvio -dada la evidente coincidencia- decir que Don Orione reunía en sí el dinamismo y el estilo que el Papa Francisco nos pide hoy. Pero fue el mismo Papa Francisco quien recientemente se acercó a nuestro Fundador, citando su nombre en un discurso al clero y a los consagrados de la Diócesis de Génova durante la Visita Pastoral. Era el 27 de mayo de 2017. Al presentar los criterios “para vivir una intensa vida espiritual” (era la pregunta de un sacerdote diocesano), el Papa culminó la conversación con una expresión de nuestro Fundador que marca el estilo de vida, el dinamismo que mantiene el corazón constantemente despierto. Casi como una “exégesis” del episodio del matricida.


La respuesta del Papa Francisco es larga, al ritmo de sus pausas de silencio, en la que subraya conceptos y palabras claves, utilizando imágenes y ejemplos de la vida cotidiana. El criterio fundamental para “vivir una intensa vida espiritual” -dice ya de partida con claridad- es “imitar el estilo de Jesús”. ¿Y cómo era ese estilo? - se pregunta el Papa - “La mayor parte del tiempo, Jesús lo pasaba por la calle. Esto significa cercanía a la gente, cercanía a los problemas. No se escondía. Después, al anochecer, muchas veces se escondía para rezar, para estar con el Padre”. Este es el dinamismo equilibrado del “corazón siempre despierto”: Mantener la armonía entre el “no esconderse de la gente” y “el esconderse para la oración”. Estar “siempre en camino”, como Jesús, supone el riesgo de estar “expuesto a la dispersión, a quedar quebrantado”. Pero, advierte el Papa: “No hemos de temer el movimiento y la dispersión de nuestro tiempo. El miedo más grande en el que tenemos que pensar es el de una vida estática (...) Yo tengo miedo del [religioso] estático. Tengo miedo (...) El [religioso] que tiene todo planificado, todo estructurado, generalmente está cerrado a las sorpresas de Dios y pierde esa alegría de la sorpresa del encuentro. El Señor te toma cuando no te lo esperas”. Por tanto, “El primer criterio es no tenerle miedo a esta tensión que nos toca vivir: nosotros estamos en la calle, el mundo es así (...) Un corazón que ama, que se entrega, siempre va a vivir así”.


Otro criterio, siempre según el Papa, es plantear la vida bajo la perspectiva del encuentro: “Tú, [religioso], te encuentras con Dios, con el Padre, con Jesús en la Eucaristía, con los fieles: te encuentras (...) Estás en silencio [delante del Señor], escuchas lo que dice, lo que te hace sentir... Encuentro. Y con la gente lo mismo (...) dejar que la gente te canse; no defender demasiado tu propia tranquilidad” concluye mencionando a nuestro Fundador: “el [religioso] que lleva una vida de encuentro con el Señor en la oración y con la gente hasta el final del día, es 'desgastado', San Luis Orione decía ‘como un trapo’.”


Justamente así, “como un trapo” en las manos de la Divina Providencia. Don Orione es, para nosotros y para la Iglesia, para el Papa Francisco, modelo de hombre de encuentro (“vio a un hombre... Cuando estaba cerca de él”), hombre del sagrario (“el Señor me puso en los labios este pensamiento”), hombre de la calle (“partí... A cierto punto del camino...”), hombre de “oreja”, que sabe escuchar (“confesé hasta la una de la madrugada. Estaba muy cansado”). Todo concentrado en el episodio del matricida que, sin embargo, revela otro detalle al que el Papa Francisco está muy atento. Don Orione es también “el hombre de las lágrimas” (“luego se levantó y me abrazaba y apretaba, siempre llorando... Yo también lloré y lo besé en la frente y mis lágrimas se confundieron con las suyas”).


Puede parecer raro y, para algunos, también un poco inusual, darse cuenta de que el Papa Francisco insiste en el tema del llanto y de las lágrimas: “Jesús en el Evangelio, lloró (...) Lloró en su corazón cuando vio a aquella pobre madre viuda que llevaba al cementerio a su hijo (...) Si ustedes no aprenden a llorar, no son buenos cristianos”. (Discurso a los Jóvenes, Manila, 18 de enero de 2015).


Son varias las referencias en este sentido, que se dan especialmente cuando está hablando al clero y a los religiosos. “Cuando a un religioso se le secan las lágrimas, hay algo que no funciona”, le dijo al clero y a los religiosos en Nairobi (26/11/2015). Quiere decir que el religioso perdió “los sentimientos de Jesús” (cfr. Fil 2,5) y su corazón, “con el paso del tiempo” se endureció y se volvió “incapaz de amar incondicionalmente el Padre y al prójimo”. Y advierte: “Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran” (cfr. Discurso a la Curia Romana, 22/12/2014). Por lo tanto viene la pregunta: “Dime: ¿tu lloras? ¿O hemos perdido las lágrimas? (...) ¿cuántos de nosotros lloran delante del sufrimiento de un niño, delante de la destrucción de una familia, delante de tanta gente que no encuentra el camino?... El llanto del [religioso]... ¿Tu lloras? ¿O en [esta Congregación] hemos perdido las lágrimas?” (Cfr. Discurso a los párrocos, 06/03/2014).


Don Orione, con su vida, dio una respuesta a esta pregunta: “¡Amor a las almas, almas, almas! ¡Escribiré mi vida con las lágrimas y la sangre!” (25/02/1939). Nos toca a nosotros “Ser hoy Don Orione”.


Asimilación progresiva-continua y permanente de los sentimientos de Cristo


¿Cuál es la síntesis después de este recorrido de reflexión que partió de la necesidad, señalada en la fase preparatoria del Capítulo, de activar estrategias y recursos que sean capaces de “volver a despertar el corazón”?


Al escribir estas páginas, me dejé llevar como divagando por una curiosidad. ¡Nunca he oído hablar de tumor en el corazón! Y fui a consultar a Internet para verificar, descubriendo que los tumores que se originan en este órgano vital, en verdad, existen, “pero son bastante raros”. Y la causa de esa baja frecuencia - siempre según la respuesta de Internet – “pareciera ser la continua actividad del músculo cardíaco”.


Un “corazón” en movimiento continuo, permanente como en el párrafo de Naín y en el episodio del matricida son símbolos de un estilo de vida de Jesús y de San Luis Orione. Son dos adjetivos - continuo y permanente - que unimos normalmente con el sustantivo “formación”: Formación continua - Formación Permanente.


Pienso que sea ésta la síntesis: el “Volver a despertar el Corazón” es un proceso continuo, permanente, alcanzable a través de una opción estratégica de dar prioridad a una “formación que nos lleve a tener los mismos sentimientos de Cristo” (14CG, n. 2). Sin embargo, “es obvio que semejante proyecto implica un proceso formativo que no puede reducirse a los años canónicos de la formación inicial; lo que abarca toda la personalidad no puede sino extenderse a toda la vida, una totalidad evoca a la otra, es decir, si se quiere alcanzar y cambiar el corazón, hace falta un trabajo constante sin ninguna clase de interrupciones”. (A. Cencini, El caso serio de la formación continua... En: Sequela Christi 2016/01 Vol. 2, página 132).


Lamentablemente, parece que también a nosotros nos “Falta una cultura acerca de la importancia de la formación permanente, considerada más como hechos aislados que como un camino continuo que afecta toda la vida del religioso”. Fue la conclusión de uno de los grupos formados durante el Capítulo para analizar los aportes llegados de las Comunidades después de escuchar la reflexión de los expertos.


Se trata por tanto, de prestar particular atención a la línea de acción n. 1 que nos pide “Poner decididamente en marcha una formación permanente integral...” con la certeza que “la formación es realmente continua [permanente] sólo cuando es ordinaria, y se cumple en la realidad de cada día.” (CIVCSVA, A vino nuevo odres nuevos, Nº 35c).


En este sentido, nuestras Constituciones, en el artículo 111 indica el itinerario a poner en marcha: “Para fomentar esta formación permanente valoramos los medios ordinarios, aptos para estimular el crecimiento personal y comunitario. Entre ellos se pueden señalar:

  • La práctica de la dirección espiritual.

  • La fidelidad a la meditación y lectura espiritual diaria, al retiro mensual y a la revisión de vida.

  • El estudio diligente de los documentos de la Iglesia.

  • Lecturas personales bien seleccionadas”.

Será importante, por lo tanto, “aprender a ser formado por la vida de cada día, por la propia comunidad y por sus hermanos y hermanas, por las cosas de siempre, ordinarias y extraordinarias, por la oración y por la fatiga apostólica, en la alegría y en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte”. (CIVCSVA, Volver a partir desde Cristo, Nº 15).


Conclusión


Al presentar el documento del 14º Capítulo General escribí que “el éxito del Capítulo no se medirá por las palabras escritas, sino por la capacidad y la disponibilidad de dejarse involucrar personal y comunitariamente por el espíritu de las líneas de acción propuestas”.


En tal sentido, es cierto lo que escribía Don Roberto Simionato, después de la experiencia de diecisiete años en la curia, en una de sus últimas circulares, “La transformación no la produce ni una circular, ni una visita canónica, ni la reforma de las Normas. Ciertas cosas no las puede lograr ninguna acción de gobierno. Están fuera del control, de la animación. Dependen de la libre decisión de cada uno” (cfr. Atti 212, 204).


Ninguna transformación llegará por “fuerza de ley”, aunque sea canónica o porque haya sido emanada por el Capítulo General, la “suprema autoridad de la Congregación” (CC Art. 138). Depende de “la decisión de cada uno” de querer combatir la enfermedad más fuerte y poderosa que nos podría atacar. Don Flavio Peloso, en su primera circular de octubre de 2004, ha identificado esa enfermedad de esta manera: “La indiferencia, el aburrimiento, el electrocardiograma plano, vacío de sentimientos y de ideales de vida. Sí, la indiferencia es el enemigo número uno a combatir en sí mismo y en el apostolado” (cfr. Atti 214, p.100).


El conductor que viaja guiado por el “GPS” - permítanme tomar este ejemplo - sabe que no basta insertar el destino y ver la hora de llegada, calculada y programada. Si no se decide a partir o se detiene más allá de lo normal o encuentra frenos y embotellamientos en el tráfico, la hora de llegada seguirá corriéndose siempre hacia adelante. Por lo tanto, no basta programar, es necesario decidir de ponerse en camino en el dinamismo del encuentro con Dios y con la gente.


Don Orione está en camino con nosotros. En el camino quiere “volver a despertar nuestro corazón”, como intentó hacerlo al escribir a Don Pierino Migliore en 1936, y en la forma plural, destinando así la exhortación a todos sus hijos: “No podemos permanecer indiferentes y apáticos, pero tenemos que corresponder a tanta gracia de Dios, pero necesito, hijos míos, que me comprendan, que me sigan, que me secunden y, diría más, que me superen. No necesito gastar mis últimas energías en galvanizarlos, en arrastrarlos hacia adelante con la fuerza de cuatro bueyes: No necesito encontrar en ustedes unos muertos antes de morir, sino vivos, espíritus ardientes en el bien, unos corazones grandes, una voluntad pronta a todos los sacrificios por Cristo, por la Iglesia, por las almas”. Y más adelante en la misma carta, dando noticia de sus actividades en la Argentina: “Aquí, gracias a Dios, todo camina: no se me queden parados y paralizados ustedes: la Sagrada Escritura dice una gran cosa, queridos míos, cuando nos dice que la esposa de Lot, porque se detuvo, y en vez de mirar hacia adelante, miró hacia atrás, se convirtió en una estatua de sal «Non progredi, regredi est» (No avanzar, es volver atrás) ¡Yo no quiero unas estatuas en la Congregación, sino gente viva que camine hacia delante, mirando a lo alto, a Dios! (...) ¡Charitas Christi urget nos! ¡La caridad, es decir, el amor de Dios y del prójimo, nos urge! ¡Ánimo, oh hijos míos!” (Scr 29, 267-268).


¡Es el corazón de Don Orione! No se duerme nunca. No se sumerge en el sueño. ¡Pero sueña! Después del encuentro con el matricida, “yo continué mi camino con un gran consuelo, con una alegría en el corazón como jamás había experimentado en mi vida (...) Llegué a Tortona todo mojado; esa noche me quité los zapatos y me tiré en la cama, y ​​soñé... ¿Qué cosa soñé? Soñé el Corazón de Jesucristo; sentí el Corazón de Dios, ¡qué grande es la misericordia de Dios!”


A Don Orione, que tiene el “corazón siempre despierto”, la palabra final: ¡Ánimo, hijos míos!


P. Tarcisio Vieira

Superior general

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