Cuando Don Orione susurró “Jesús” por última vez relatada por el P. Flavio Peloso
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Relato de sus últimos momentos, la noche del 12 de marzo de 1940

Esta crónica, publicada por Don Flavio Peloso, recoge el testimonio del clérigo Modesto Schiro, quien acompañó a Don Orione en sus últimos momentos.
Don Orione había pasado otra jornada serena aquel 12 de marzo de 1940, siguiendo el horario habitual con los hermanos: oraciones, comidas, visitas de personas y correspondencia.
Hacia las 22:00 horas se había retirado a su habitación y hacía poco que había apagado la luz de su pequeño cuarto.
“Un cuarto de hora después oí una especie de quejido; acudí inmediatamente —relató el clérigo Modesto Schiro—. Eran las 22:30. Don Orione tenía en su cama dos almohadas. Al dormir mantenía la cabeza un poco elevada, por el corazón y la respiración. Cuando se sintió mal, encendió la luz y se incorporó un poco más. El aspecto no era alarmante, pero comprendía que no estaba bien. Tenía la mano izquierda sobre el corazón y con la otra apretaba un poco la camisa en ese lugar.
Le pregunté:—¿Le pongo una inyección, señor Director?
Y él respondió:—No, no, espera un poco, ya pasará.
Estaba en la cama, en silencio. Presionaba la mano sobre el corazón; en algunos momentos parecía apretar un poco los dientes. Se veía que el mal era fuerte, aunque los signos externos no eran tan notables como en la otra crisis. Yo permanecía allí observando, sin tocarlo, cada vez más preocupado, para ver cómo evolucionaba la situación. Había visto el otro ataque en Tortona, que había sido mucho más fuerte, y pensaba que también este pasaría.
Así transcurrieron algunos minutos. Realmente creía que era un malestar pasajero.
Entonces propuse:—¡Tome al menos algunas gotas de coramina!
—Bien, esas sí.
Se las vertí inmediatamente y entonces las tomó: tres pequeños sorbos, rápidamente, para terminar el poco de agua que había en el vaso.
Desde el inicio habían pasado pocos minutos, cerca de un cuarto de hora, desde las 22:30 hasta las 22:45. Viendo que había tomado la coramina y que el mal no disminuía, insistí nuevamente:
—Hagamos también la inyección.
En ese momento hizo un gesto de asentimiento.
—Sí —dijo.
Yo ya tenía todo preparado. Rápidamente le puse la inyección de Resil.
Como tenía dificultad para respirar, lo levanté y puse detrás de su espalda algunas almohadas; luego pensé que sería mejor hacerlo sentar en un sillón junto a la cama. Pero empeoraba.
—¿Quiere que llame a Don Bariani?
—Sí, sí.
Salí y, al volver, vi a Don Orione dispuesto a bajar de la cama.
—¿Quiere oxígeno?
—Sí.
Mientras, sobre la cama, recibía el oxígeno, llegó Don Bariani.
Entre los dos lo ayudamos a sentarse en el sillón.
Don Orione le susurró:—Un médico.
Don Bariani salió a buscar un médico.
El sillón estaba al lado opuesto del velador, hacia la ventana. Yo le sostenía el brazo derecho alrededor del hombro, y él apoyaba la cabeza sobre mí; ya estaba muriendo.
Mientras tanto, por el movimiento, también las hermanas se dieron cuenta de que algo grave estaba sucediendo. Sor María Rosaria, la superiora, pensando que podríamos necesitar algo, apareció en la puerta que comunicaba mi habitación con la de Don Orione. Don Orione hizo un gesto con la mano izquierda para detenerla. La hermana salió.
Sudaba. Lo envolví en una manta, con el chal negro sobre los hombros.
Cuando vi que Don Orione estaba realmente muriendo, hice una señal a Sor María Rosaria —a quien veía como una sombra discreta asomarse apenas a la puerta y desaparecer— para que entrara. Ella entró, pero sin hacerse ver por Don Orione, y se colocó detrás de mí, que estaba junto al sillón, rodeando con mi brazo derecho los hombros del moribundo, el cual se abandonaba sobre mi pecho y contra mi rostro.
Don Orione, con los ojos levantados al cielo, susurró:“Jesús, Jesús”, una primera vez;y nuevamente: “Jesús, Jesús”;y luego: “Me voy”.
Levantó los ojos hacia mí, dirigiéndome una mirada que nunca olvidaré. No había en él ningún signo de turbación, sino una gran serenidad.
Después, por tercera vez, alzando nuevamente los ojos al cielo, sin estertor ni angustia, repitió:
“Me voy… ¡Jesús! ¡Jesús!”
y reclinó la cabeza sobre mi hombro.
Eran las 22:45 del 12 de marzo de 1940

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