• Flavio Peloso F.D.P.

UNA ESPIRITUALIDAD "DE MANGAS ARREMANGADAS".



ESPIRITUS ACTIVOS Y CONTEMPLATIVOS Debemos ser santos, pero hacernos tales santos que nuestra santidad no pertenezca solamente al culto de los fieles, ni esté solo en la Iglesia, sino que trascienda y arroje en la sociedad tanto esplendor de luz, tanta vida de amor de Dios y de los hombres, para ser, más que los santos de la Iglesia, los santos del pueblo y de la salvación social. Debemos ser una profundísima vena de espiritualidad mística que invada todos los estratos sociales, espíritus contemplativos y activos,

"siervos de Cristo y de los pobres". Llevemos con nosotros y bien dentro de nosotros el divino tesoro de aquella caridad que es Dios, y aunque debamos andar entre la gente, conservemos en el corazón aquel celestial silencio que ningún ruido del mundo puede romper, y la celda inviolada del humilde conocimiento de nosotros mismos, donde el alma habla con los ángeles y con Dios. (Don Orione, Apuntes de 1939, Scritti 57, p.104b)



"Si se observa la multiforme actividad caritativa a la cual se dedican los Hijos y las Hijas de Don Orione, como si se considera también la enorme mole de iniciativas benéficas personalmente emprendidas por él, no se puede contener una justa admiración frente a un servidor de la Iglesia tan fiel y generoso". (1)

Con esta observación, Juan Pablo II inicia su reflexión sobre Don Orione en la Carta conmemorativa del cincuentenario de su muerte. Una constatación tal, no priva de cierta sorpresa, es normal en quien conoce, aunque solo un poco, al beato Don Luis Orione y su Pequeña Obra. Corresponde a la verdad de los hechos y de sus intenciones.


1. Santos "fuera de la sacristía"


Don Orione reclamó con frecuencia a sus hermanos de Congregación, un estilo apostólico emprendedor, "popular", "de mangas arremangadas", dinámico. (2)


"En la luz gloriosa del divino Resucitado y bajo la guía de los legítimos pastores, debemos promover una fuerte obra de penetración cristiana, especialmente entre el pueblo trabajador; trabajen para retornar a Jesucristo y a la Iglesia las clases de los humildes, las masas de los trabajadores, tan insidiadas...". (3) Con fecha 12.1.1930, escribe a sus "Queridos hijitos de San Pablo, Brasil":

"Se necesita un iluminado espíritu emprendedor, si no, ciertas obras no se hacen: la de ustedes se torna estática, no es más vida de apostolado sino muerte lenta y fosilización. ¡Adelante entonces! No se podrá hacer todo en un día, pero no es necesario morir ni en casa, ni en la sacristía: ¡fuera de la sacristía! No perder jamás de vista la Iglesia ni la sacristía, antes bien el corazón debe estar allá, la vida allá, allá donde está la Hostia; pero, con las debidas cautelas, es necesario que se dediquen a un trabajo que no sea sólo el trabajo que hacen en la Iglesia". (4) "Debemos ser santos, pero hacernos tales santos que nuestra santidad no pertenezca solamente al culto de los fieles, ni esté solo en la Iglesia, sino que trascienda y arroje en la sociedad tanto esplendor de luz, tanta vida de amor de Dios y de los hombres para ser, más que los santos de la Iglesia, los santos del pueblo y de la salvación social". (5) Don Orione advertía que semejante tipo de presencia apostólica respondía a una exigencia interior de fidelidad evangélica, pero también a la misión de la Iglesia en los nuevos tiempos y a las necesidades de la gente. Recordemos que a partir de fines del siglo pasado, fenómenos sociales (industrialización, urbanización, etc.), ideologías y proyectos políticos, estaban resquebrajando la tradicional cohesión de los pueblos en torno a la Iglesia y a la fe. Don Orione advertía los signos de un preocupante alejamiento de las masas de la fe cristiana con la consiguiente desorientación y envilecimiento también de la vida civil. Se encuentran a menudo en sus escritos miradas "amplias" sobre la escena histórica de la sociedad de su tiempo.

"Los pueblos están cansados, están desilusionados; sienten que toda la vida es vana, es vacía sin Dios". (6)

"Sin Cristo todo se abate, todo se ofusca, todo se resquebraja: el trabajo, la civilización, la libertad, la grandeza, la gloria del pasado, todo se destruye, todo muere". (7)

"¡Somos Hijos de la Divina Providencia! No somos de aquellos catastróficos que creen que el mundo termina mañana; el último en vencer será Dios, y Dios vence en una infinita misericordia". (8) Don Orione era sacerdote y había penetrado en la pasión por la salvación de los hombres, alcanzada, sobre todo, a los pies del Crucifijo. La necesidad de los hermanos ("los pueblos están cansados, están desilusionados") y la fe en Dios ("somos hijos de la Divina Providencia") fueron los dos resortes potentísimos que sostuvieron su acción a niveles apostólicos altísimos.

"La Iglesia y la sociedad tienen hoy necesidad de almas grandes, que amen a Dios y al prójimo sin medida, y que se consagren como víctimas a la caridad, que todavía es aquella que puede hacer retornar a los hombres a la fe". (9)

"¡Almas y almas! Y trabajar con humildad, con simplicidad y fe, y luego adelante en el Señor, sin turbarnos jamás. ¡Solo Dios es quien conoce las horas y los momentos de sus obras y tiene todo y a todos en sus manos! Adelante con fe vivísima, con confianza total y filial en el Señor y en la Iglesia". (10) Don Orione, sensibilísimo a la misión de la Iglesia, advertía la separación que iba creciendo entre clero y pueblo, entre religión y sociedad, entre devoción y costumbres. La fe y el Evangelio, aunque profundamente arraigados en la tradición del pueblo, parecían no influir sobre los nuevos problemas e intereses de la vida familiar, social y cultural. Las masas obreras, sobre todo, eran atraídas, seducidas y trastornadas por otras ideologías y costumbres. Era necesario un nuevo modo de ser "sal y levadura del mundo", un nuevo modo de "arar y sembrar a Cristo en el pueblo". Era la urgencia de la Iglesia en aquel tiempo. Y también hoy. (11) Es de recordar que Don Orione toma su primer "molde" de pensamiento y de acción- ya desde clérigo -en la época de la Rerum Novarum (1891), en el florecimiento de las iniciativas sociales, culturales y religiosas de la Obra de los Congresos. Es clérigo en Tortona en el seminario de Mons. I. Bandi, quien por su acción y sus Cartas Pastorales es denominado "el obispo de la acción social", y que hace divulgar en los escritos y desde cada púlpito un lema (del Papa León XIII), "¡Clero, fuera de la sacristía!", con el cual entendía lanzar clero y laicos unidos a una pastoral más encarnada, menos administrativa y más apostólica, popular. (12)

Era necesario, entonces, un nuevo estilo de sacerdote, una nueva espiritualidad. La Providencia dispuso que en este clima "naciera" Don Orione. Entre mil dificultades prácticas y contrastes de todo tipo, Mons. Bandi lo reconocería como "suyo", más aún, "sacerdote como lo quiere la Iglesia y los nuevos tiempos". Un sacerdote de "fe que hace de la vida un apostolado fervoroso en favor de los miserables y de los oprimidos, como es toda la vida y el Evangelio de Jesucristo... aquella fe divina, práctica y social del Evangelio, que da al pueblo la vida de Dios y también el pan. Si hoy queremos trabajar útilmente para que el siglo vuelva hacia la luz y la civilización, a la renovación de la vida pública y privada, es necesario que la fe resucite en nosotros y nos despierte de este sueño 'que casi, es más que muerte'. ¡Es necesario un gran renacimiento de fe, y que salgan del corazón de la Iglesia nuevos y humildes discípulos de Cristo, almas vibrantes de fe, los changadores de Dios, los sembradores de la fe! Y debe ser una fe aplicada a la vida. ¡Se necesita espíritu de fe, ardor de fe, ímpetu de fe; fe de amor, caridad de fe, sí, fe; sacrificio de fe!". (13)

La "salus animorum", que se identifica con la gloria de Dios, fue para Don Orione la "suprema lex" de toda la vida, y guió el multiplicarse de sus iniciativas y de sus actividades.



2. Hombre de acción...


Estas primeras observaciones adquieren toda su importancia solo conociendo a fondo la vida de Don Orione: cuánto hizo, cuánto trabajó, cuánto se sacrificó por la causa de Cristo y de las "Almas". Se consumió.


"Holocausto, martirio, inmolación, consumación, sacrificio...": son todas palabras queridas y habituales, "de fuego" en las expresiones de Don Orione.

"Con nuestro holocausto, con nuestra consumación, no deseamos otra cosa que lograr traer a los humildes , a los pequeños, a las turbas, hacia el Papa y la Santa Iglesia: queremos unificar a todos en Cristo, en el Papa y en la Iglesia". (14) Una vida "holocausto" fue la decisión de los años juveniles (recordemos el "doy un puntapié a todo... para abrazarme a la cruz de Cristo"), (15) y fue ascesis y martirio cotidiano, fue ejemplo y enseñanza constante de Don Orione. En algunos de sus escritos llega a ser poesía, lírica mística, alegría y llanto del corazón, como en las famosas páginas de "¡Almas, Almas!" de 1939. "No saber ver y amar en el mundo más que las almas de nuestros hermanos. Almas de pequeños, almas de pobres, almas de pecadores, almas de justos, almas de extraviados, almas de rebeldes a la voluntad de Dios,... almas blancas como palomas, almas caídas en la tiniebla del sentido,... almas orgullosas del mal, almas ávidas de poder y de oro,... almas perdidas que buscan un camino: ¡todas son amadas por Cristo, por todas Cristo ha muerto, a todas Cristo las quiere salvar entre sus brazos y sobre su Corazón traspasado!

Nuestra vida y toda nuestra Congregación debe ser un cántico unido y un holocausto de fraternidad universal en Cristo. Ver y sentir a Cristo en el hombre. Debemos tener en nosotros la música profunda y altísima de la caridad. Para nosotros el punto central del universo es la Iglesia de Cristo y el fulcro del drama cristiano, el alma. (...) La perfecta alegría no puede existir sino en la perfecta dedicación de sí a Dios y a los hombres, a todos los hombres, a los más miserables como a los más físicamente y moralmente deformes, a los más alejados, a los más culpables, a los más adversos. Ponme, oh Señor, sobre la boca del infierno, para que yo, por tu misericordia, la cierre. Apostolado y martirio: martirio y apostolado". (16) Es necesario partir de páginas como ésta para comprender algo de Don Orione, sin reducirlo a fundador de una gran "multinacional de la caridad".

La dinámica apostólica de Don Orione es verdaderamente sorprendente: actividad sin pausa, encuentros y relaciones interminables. Fundó una Familia religiosa que, a su muerte, estaba ya ramificada (religiosos sacerdotes, coadjutores y ermitaños; hermanas de vida activa y sacramentinas ciegas adoratrices) y ampliamente difundida en Italia y en numerosas naciones con decenas y decenas de instituciones. Fue viajero incansable, de una punta a otra de Italia y dos veces en Sudamérica (1921-22 y 1934-37, Argentina, Brasil, Chile, Uruguay); hombre de empresas de bien gigantescas, nacidas de una imprevisible inventiva de caridad y de razón, de confianza en la Divina Providencia y de prudencia clarividente. (17) Jamás se detenía. Ciertamente se puede pensar en el "amor est in via" de San Bernardo: el amor está siempre en la calle, en movimiento. Fue predicador buscadísimo, animador de misiones populares y de imponentes peregrinaciones. Fue consejero y amigo de muchos sacerdotes y obispos; cruzó a menudo varios portones de los Dicasterios romanos; cinco Papas le mostraron particular confianza. Tuvo una red de relaciones con personas de toda categoría social, que deja estupefactos. Fue escritor sencillo, exuberante, apasionado, incansable: el epistolario conservado, (18) de tamaño impresionante, muestra como él extendía también en las horas de la noche, su acción de sacerdote, escribiendo; totalmente dedicado a los otros. En este dinamismo apostólico, siempre tenso sobre la cuerda, Don Orione implicaba a sus religiosos, hermanas, amigos, ex-alumnos de la Pequeña Obra de la Divina Providencia.

"¡Trabajo, trabajo, trabajo! Nosotros somos los hijos de la fe y del trabajo. Y debemos amar y ser los apóstoles del trabajo y de la fe. Nosotros debemos correr siempre, para trabajar siempre más. Cuidar la salud, pero trabajar siempre, con celo, con ardor por la causa de Dios, de la Iglesia, de las almas. Mirar al cielo, rezar y después... adelante con coraje y a trabajar". (19)

Con la franqueza acostumbrada intervenía apasionadamente para aclarar, para corregir, para estimular. Durante el período mesinés escribe a un cohermano:

"... yo, sin embargo, estoy cansado de gente que no hace nada y que crece con una especie de fatalismo musulmán encima, y que espera todo de Dios, mientras nosotros aquí estamos exhaustos de dolor y de trabajo. Pero ¡qué clase de piedad es aquella!". (20)

"Nuestro Instituto no es una sociedad de quietos, sino de acción y de sacrificio por la caridad. El verdadero espíritu del Instituto es espíritu de humildad y de amor indivisible a la Iglesia, pero es también espíritu de caridad que hace activos y laboriosísimos a aquellos que están investidos de ella. La más humilde caridad guía sus pasos a los pies del Papa y de los Obispos, una grandísima e inmensa actividad en la caridad de Cristo y de su Vicario en la tierra. Y no nos cansemos de hacer el bien, porque si no nos cansamos, cosecharemos a su tiempo (Gal. 6, 9-10)". (21)



3. ... y hombre de oración


Es fácil detenerse a presentar el "activismo" de Don Orione. Todas sus jornadas eran plenas, fatigosas, sacrificadas, ricas de bien y de cruces. Eran un "fatigarse de un Ave María a otro". (22) Con todo, la jornada de Don Orione se presentaba, al mismo tiempo, como una incesante oración, una constante elevación a Dios, corazón a corazón. Don Orione es recordado como "hombre de oración" no menos que como "hombre de caridad activa", sobre todo por quien ha vivido más cerca de él. Los testimonios lo recuerdan centrado en Dios: esto era el motor de tanto dinamismo exterior. Era su secreto.


En las actas del proceso de beatificación se encuentra el relato de un episodio sumamente iluminador. "Viviendo aún Don Orione, había surgido entre los cohermanos la pregunta acerca de cuál sería el aspecto más profundo, justificativo de toda la vida y la acción de nuestro Padre; las respuestas fueron varias, poniendo algunas la explicación del 'fenómeno' Don Orione en la caridad, otras en su piedad, otras en otras particularidades de su personalidad; en cierto momento interviene, dejándonos callados y de acuerdo, el llorado Don Biagio Marabotto, que nos dijo: Pero, ¡qué dicen!: ¿qué es lo que explica todo en Don Orione?... ¿No es Dios? He aquí lo que es, sobre todo, Don Orione: un hombre que vive de Dios". (23) "Un hombre que vive de Dios": a esta altura nuestro discurso entra verdaderamente en lo más vivo. ¿Cómo lograba Don Orione cultivar su intimidad con Dios, él, tan abierto y tan adentrado en las exigentes vicisitudes cotidianas? ¿Cómo hacía un hombre tan activo para encontrar el tiempo para rezar? ¿Cómo rezaba? ¿Cuáles eran sus medios ordinarios de oración? A semejantes interrogantes siempre es difícil responder, pero es posible recoger algunos elementos seguros, tomándolos de los testimonios de quienes han vivido a su lado y de las palabras del mismo Don Orione. Son indicaciones útiles, también para el hombre de hoy, siempre en búsqueda de tiempos y formas de oración que lo sostengan y protejan "tendido hacia Dios" en los ritmos apremiantes y dispersivos de la vida moderna. Don Orione era solícito, aún en medio de tanto trabajo, para unirse a las prácticas de piedad de la vida comunitaria, junto a sus cohermanos. "También cuando se retiraba tarde por la noche - cosa habitual - siempre era el primero que se encontraba en la Capilla por la mañana. Las oraciones que no podía hacer en comunidad, las recitaba cuando viajaba con quien lo acompañaba. Cuántas veces, regresando de Milán o de Génova, hemos recitado juntos el rosario, las oraciones de la noche, etc; y después decía: 'Ahora hemos cumplido nuestro deber'. Callaba y se recogía para continuar rezando mentalmente. Decía alguna vez: 'No te escandalices si raramente me ves ir a la Capilla para rezar... ¡ves cuánto trabajo tengo! ¿Sabes?, con frecuencia mando allí a mi Angel Custodio para saludar a Jesús". (24) Era fidelísimo a la meditación, prefiriendo abreviar su poco sueño antes que faltar por la mañana a la oración y a la meditación, sabiendo bien que el gran trabajo de la jornada le habría impedido encontrar otros momentos tranquilos y reservados para dedicar al Señor. (25) "Don Orione - recuerda Don A. Perduca - usaba y enseñaba tres modos de oración: mental, vocal y vital. Cuando estaba en Tortona, él mismo leía y comentaba admirablemente la meditación en la capilla. Recomendaba hacerla especialmente por la mañana, porque estábamos más recogidos... 'Para meditar bien - decía - es necesaria la presencia de nuestra alma, esto es, establecer bien el silencio en nosotros, sea exterior como interior, y luego la presencia de Dios' ". (26) "Una de las recomendaciones a las que recurre más frecuentemente en los escritos a sus religiosos, se refiere precisamente a la necesidad de atender con empeño a la meditación". (27)

"Es en la mañana, antes de cualquier distracción y comunicación con los hombres, que se necesita rezar y escuchar a Dios. La primera hora ¡toda a Dios! Entonces Dios habla, Dios ara las almas, Dios trabaja en nosotros, Dios plasma nuestro espíritu: Dios vivifica, Dios esclarece, y el resplandor de Dios está sobre nosotros; en la meditación sentimos el toque de Dios". (28) Enseñaba aquello que él experimentaba. Así lo recuerda Don A. De Paoli. "Por la mañana rezaba largamente, profundamente absorto, y daba la impresión de una abeja que se arroja sobre la flor para recoger el néctar. Él aparecía, ni más ni menos, inmerso en su Dios para extraer fuerza y luz en las arduas tareas cotidianas. Durante la jornada, que estaba siempre saturada de trabajo, de cruces, de dificultades, se lo veía calmo y sereno porque su corazón estaba lleno de Dios. A los golpes que le llegaban de cualquier parte, invariablemente exclamaba: Mi Jesús, ¡cuán bueno eres!". (29)

Hay una carta de Don Orione reveladora de la experiencia y de su enseñanza al respecto; es del 4.1.1938 y trata de la 'dimensión contemplativa' de la vida, como hoy decimos nosotros, o sea del "espíritu de oración", como decía él.

"La imagen del Divino Maestro, el cual, en medio de la predicación se retira al monte para orar y meditar, sea nuestra imagen predilecta. Recordémonos, oh hermanos, que aún en el trabajo de la vida activa no cesa para nosotros la obligación de la oración. Es la oración la que nos eleva a Dios, nos hace hablar con Dios, nos une a Dios, nos santifica en Dios. La mejor parte es la única cosa necesaria: el deber de rezar". (30) Fundamento de la "espiritualidad de mangas arremangadas", como la vivía Don Orione, era la Santa Misa, durante la cual él vivía y gustaba el misterio que celebraba. Muchos quedaban fascinados de la fe y piedad que transparentaban de toda su persona durante el sacrificio eucarístico. "Iba al altar después de una devota preparación y conservaba en la celebración una actitud muy recogida, tanto que despertaba la admiración de los presentes. Me consta que varias personas, sabiendo del lugar y de la hora de la celebración de la Misa de Don Orione, iban a propósito para escuchar la Misa celebrada por él. También la acción de gracias de la Misa, prolongada según el tiempo de que disponía, era expresión de su fe y de su amor a Jesús Eucaristía". (31) El mismo Visitador Apostólico, el Abad E. Caronti atestigua: "Yo quedé edificadísimo cada vez que vi a Don Orione celebrar: he escuchado también a alguno confiarme que al asistir a la Misa de Don Orione se sentía sacudido". (32) "Era preciso en las ceremonias: compenetrado del gran acto que cumplía; su rostro parecía casi transfigurado. La Santa Misa era para él una fuente de energía y de consuelo, y tal la consideraba también para los otros. A un sacerdote que le confiaba sentirse solo y desconsolado, él decía: '¿No tienes la Misa?' ". (33)

Para Don Orione la eucaristía era verdaderamente "la cumbre y la fuente" de toda la vida espiritual. El contacto con esta surgente se expresaba también como devoción eucarística.

Don C. Sterpi recuerda: "(Don Orione) visitaba frecuentemente a Jesús Sacramentado y de él conservamos la oración de la visita al Smo. Sacramento. La quiso compuesta de conceptos precisos, teológicos. Esta oración sustituyó a la de San Alfonso, para que aproximándonos a Jesús Eucaristía, nuestra devoción fuese no solo un producto de los sentimientos, sino fruto de convicción en el misterio eucarístico, y en aquel acto participase, junto con el corazón, también la mente". (34) Eran frecuentes los contactos, si bien breves, con Jesús reservado en el tabernáculo de la Capilla interna, próxima a su habitación. Quedaba en adoración hasta altas horas de la noche". (35) Y "cuando llegaba a alguna Casa, los primeros pasos eran para llegarse a la Capilla, para una visita al Santísimo". (36) Lo consideraba "el Dueño de casa". (37)

Por la noche, libre ya de todo y de todos, se detenía largamente en la iglesia. "También a mí me ha sucedido - recuerda un cohermano - sorprenderlo en el corazón de la noche en oración, en la capillita de Casa Madre, en Tortona: arrodillado sobre la tarima del altar, con la cabeza apoyada sobre el altar, en confiado abandono". (38) La recitación del Breviario le era motivo de consuelo, de gozo y de alimento espiritual. Muchas veces en su hablar y en su escribir se refería a algún texto de la liturgia de las Horas. "En las prédicas, en las cartas, en la conversación, con frecuencia acudían a sus labios frases, trozos, citas del oficio del día". (39) A Don D. Mogni le quedó grabado que "una vez, en Tortona, le anunciaron un llamado telefónico de Génova, mientras él recitaba el Breviario con los sacerdotes. No quiso moverse, y esto me edificó mucho". (40) Don Orione sembraba su jornada de oraciones, breves invocaciones, rosarios, jaculatorias, visitas eucarísticas. Era un modo de cultivar el contacto contínuo con "el Cielo" y para sentirse contínuamente "en la presencia de Dios". Vale la pena leer algunos testimonios de estas formas simples de oración, al alcance de todos, sobre todo de aquellos que viven una vida agitada como la de Don Orione. "Las jaculatorias lo mantenían en contínua unión con Dios. Él vivió, se puede decir, en contínua oración. Se lo veía, por ejemplo, después de una conversación, recogerse pronto para decir jaculatorias". (41) "Antes de ponerse en viaje recitaba una breve oración con quien lo acompañaba. Encontrándose en el tren, sacaba su corona y recitaba el rosario: ni un día que me haya encontrado en viaje con Don Orione he notado que él lo haya omitido. Hacía gran uso de jaculatorias y de piadosas invocaciones. Cuántas veces lo he sentido interrumpir algún trabajo que estaba atendiendo o algunas conversaciones con las palabras: ¡Jesús! ¡Jesús!, o bien ¡Querida Virgen!, pronunciadas levantando los ojos al cielo... Don Orione era enemigo de los formalismos en la piedad; quería que fuese espontánea, expansiva, que brotase del corazón, y, sobre todo, miraba que ella condujera después a la mutua caridad y al cumplimiento del propio deber". (42)

"No se podía hablar con él sin que Don Orione introdujese un pensamiento religioso. Cada vez que se acudía a él por cualquier necesidad o se le encomendaba un enfermo, su primera palabra era una exhortación a invocar la ayuda del Señor". (43)

"En su habitación tenía el gran Crucifijo. No puedo decir cuántas veces Don Orione se haya vuelto para mirar, en la jornada, a Jesús pendiente de la cruz, ni cuántas veces hubo doblado la rodilla y orado delante de aquella imagen. En verdad, tenía el Crucifijo en su habitación para volver frecuentemente su mirada al Señor". (44) Otro modo con el cual Don Orione cultivaba la intimidad con Dios fue la devoción a la Virgen, vivida como un contacto, una compañía del "Cielo" en lo cotidiano. Don Orione vivía y obraba "todo con María": era una piedad de hijo, simple, esencial, popular, sin complicaciones ni sentimentalismos. Todo veía, invocaba, recibía por medio de la Virgen.



4. Místico en la acción


Nos hemos detenido en la descripción de estos medios usados por Don Orione en su vida espiritual para constatar la ordinariedad y la practicabilidad por parte de religiosos y laicos de nuestro tiempo. Con estas opciones, Don Orione ha custodiado y desarrollado hasta la heroicidad el don de la Gracia de Dios. Con estos medios fue un contemplativo en la acción. Muchos vieron el resultado.


Numerosos testigos, religiosos y laicos, han manifestado la impresión de que toda la jornada de Don Orione fuera una meditación continua, o más bien, una contemplación. "Mi estupor fue creciendo al ver cómo Don Orione supo unir - y es tan difícil - una actividad sorprendente y sin pausas con una vida de continua unión con Dios. ¡Don Orione vivía de fe y en la presencia de Dios!". (45) Era un apóstol y no un "manager de la caridad". (47)

Un laico, el profesor Domenico Isola, Director sanitario del Pequeño Cottolengo de Génova, describe así la unidad espiritual del changador de la Providencia. "Don Orione poseía el encanto que viene de la plenitud de la Gracia y que difunde en torno a sí la Gracia misma; quien lo escuchaba - se tratase de cualquier argumento - quedaba admirado de su profunda convicción en cuanto decía, y quedaba, a su vez, radicalmente convencido; era edificado por su confianza en Dios, y él mismo se sentía invadido; admiraba al 'changador de la Providencia' en sus incansables fatigas, y sentía el impulso y la alegría de ampararse en él, en sus obras de bien. Cuantos se le acercaron, tuvieron la cabal sensación de hallarse en presencia de una figura de gigantescas proporciones morales, de un hombre en el cual, en feliz armonía de intentos, obraban lo natural y lo sobrenatural. Así , y no de otro modo, se explica el influjo que Don Orione ejerció sobre el alma de cuantos tuvieron la suerte de conocerlo y de aproximársele; los radicales cambios espirituales obrados por él en tantas personas que se habían quedado obstinadamente alejadas de Dios, el ascendente tan dulcemente ejercitado por él sobre toda clase de personas, las ayudas que llegaban de todas partes para que sus Obras se perpetuasen". (47) "Si bien la vida de Don Orione fuese, como decía él, una 'rueda', daba la máxima importancia a la piedad y quería que tuviese el primer puesto como valor y como actividad. "Todo se puede esconder, menos la falta de piedad". Recordaba la amonestación de Pablo a Timoteo "Exerce teipsum ad pietatem, pietas ad omnia utilis est" y aquello de San Bernardo al Papa Eugenio III "Vae tibi, si fons devotionis in te siccatus fuerit". (48) ¡Cuánto insistía sobre estos conceptos!

"El hombre vale tanto cuanto reza. De nuestro trabajo queda tanto cuanto está cimentado en la oración". (49)

"Queremos arder de fe y de caridad. Cada palabra nuestra debe ser un soplo de cielos abiertos: todos deben sentir la llama que arde en nuestro corazón y la luz de nuestro incendio interior, encontrar a Dios y a Cristo. Para conquistar a Dios y aferrar a los otros es necesario, primero, vivir una vida intensa de Dios en nosotros mismos, tener dentro de nosotros una fe dominante, un ideal grande que arda y resplandezca...". (50) Don Orione vivía tan inmediata y exclusivamente "de fe", "de Dios", que el encuentro con Dios era la ocupación única, exclusiva, indivisa de su jornada. La dedicación apostólica era una encarnación de esta comunión y de ella derivaba su eficacia.

"Seamos sinceros. ¿Por qué no siempre renovamos la sociedad, por qué no tenemos siempre la fuerza de arrastrar? ¡Nos falta la fe, la fe ardiente! Vivimos poco de Dios y mucho del mundo: vivimos una vida espiritual tísica, falta aquella verdadera vida de fe y de Cristo en nosotros, que conlleva en sí toda la aspiración de la verdad y del progreso social, que penetra todo y a todos, y llega hasta los más humildes trabajadores. Nos falta aquella fe que hace de la vida un apostolado ardiente en favor de los míseros y de los oprimidos, como es toda la vida y el evangelio de Jesucristo". (51)

Ahora bien, tengamos presente este dato: en la vida de Don Orione, y en el estilo de vida que él transmite a sus hijos espirituales, la actividad no es contraria a la intimidad con Dios, más bien es "parte" viva de la intimidad con Dios. Don Orione era un gran contemplativo en la acción. No sólo su alma vivía en Dios, sino que Dios vivía en su alma. Por esto, el trabajo, las muchas personas y problemas que lo ocupaban "no lo perturbaban", porque lo suyo era un contínuo moverse con Dios, en Dios, por Dios. Justamente se ha observado que, cuando Don Orione, en su programa de vida espiritual, afirma "Me arrojaré por la noche, cansado, entre los brazos de Jesús" sin más hace comprender que su apostolado (léase fatiga, preocupación, etc), en su carisma no es de por sí un obstáculo, sino casi 'conditio sine qua non' para alimentar la oración misma. "No adora a Dios aún cuando está cansado, sino más bien logra adorarlo justamente porque está cansado, en cuanto que su cansancio ha sido la preparación áurea para la unión con Dios". (52)

La pobreza de sí (también como cansancio de energías) y la consumación por amor, son las mejores condiciones para colocarse delante de Dios y permitir que su Espíritu viva en el alma y espiritualice los pensamientos, las palabras y las obras. Mirando a Don Orione, se llega a pensar que el feliz axioma del libro del P. Chautard (53) que ha formado generaciones de religiosos y de cristianos, "la oración, alma del apostolado", iría complementado, en la mística orionina, con el recíproco "el apostolado, cuerpo de la oración". No es que la oración, la intimidad con Dios "se agotan" en el apostolado, en el servicio activo, sino que en esto encuentran nueva carga, sustancia y verdad. Tal integración de oración y apostolado, de contemplación y acción, forma parte de la más auténtica tradición espiritual cristiana. El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dedicado a "Algunos aspectos de la meditación cristiana", señalando las tentaciones de psicologismo o de dudoso espiritualismo desencarnado presentes en ciertas técnicas y formas de oración no conformes con la tradición cristiana, en el n.28 afirma: "La unión habitual con Dios, o aquella actitud de vigilancia y de invocación de la ayuda divina que en el Nuevo Testamento es llamada 'oración continua', no se interrumpe, necesariamente, cuando también nos dedicamos, según la voluntad de Dios, al trabajo y al cuidado del prójimo. (...) La oración auténtica, en efecto, como sostienen los grandes maestros espirituales, despierta en los orantes una ardiente caridad que los impulsa a colaborar en la misión de la Iglesia y al servicio de los hermanos para la mayor gloria de Dios". (54)

Para decirlo con palabras de Don Orione, "signo de tener espíritu de oración es tener el corazón abrasado e inflamado de amor a Dios y al prójimo. Tener los pensamientos siempre y generalmente dirigidos y tendientes hacia las cosas buenas, celestiales, celando la gloria de Dios". (55)



5. Los caminos de la unificación interior


Hemos señalado, en ligeros rasgos, la experiencia de "santidad de mangas arremangadas" de Don Orione, reconociendo en él un insigne modelo de "místico en la acción".


Don Orione puso la unificación de acción y contemplación en la base de la vida de la nueva Familia religiosa fundada por él. Ya en el primer documento carismático, el "Pro-memoria sobre la Compañía del Papa" (17-18 de junio de 1899) escribía:

"La Compañía del Papa vivirá la doble vida: contemplativa y activa, reteniendo a aquélla como el sustrato necesario para el eficaz complemento de la otra". (56) La experiencia y la enseñanza de Don Orione ofrecen algunas indicaciones claras para la superación de aquel dualismo en la concepción de la vida cristiana que ha recorrido, con diferentes éxitos teóricos y prácticos, toda la historia de la Iglesia: es el dualismo que tiende a colocar de un lado la "espiritualidad" y del otro la "acción", casi como dos mundos separados y, a veces, también opuestos. (57) En este dualismo tienen origen ya sea ciertas formas de "espiritualismo", como de "secularismo" actuales, mancomunadas en la reducción de la espiritualidad a un hecho individual, intimista, sin incidencia sobre la vida, sobre sus leyes y sus costumbres. Se verifica así el fenómeno de cristianos que en la acción (social, cultural, económica, política, etc) se conforman, sin demasiados problemas, a las supuestas leyes propias de la actividad a la cual se dedican, y se vuelven espirituales en el momento en que cuidan su alma. La experiencia espiritual cristiana no ofrece sólo los por qué de la acción (cfr. 2 Cor 12, 15), sino que inspira también el objeto y el cómo de la acción. (58) Entonces se tiene la unificación interior, la "espiritualidad de mangas arremangadas". El conformismo, inducido hoy con métodos más refinados, parece casi una "elección" inevitable. Vivir la ley evangélica de la levadura, de la sal - que actúa sobre toda la masa -, y de la luz - que ilumina toda la habitación - es difícil. La fe en la encarnación, sin embargo, nos lleva a considerar que la "espiritualidad" no es solo un opcional ético, un impulso interior para obrar, sino que es también el contenido y el proyecto del obrar, fruto del "dejarse guiar por el Espíritu". La integración de fe y vida, de espiritualidad y secularidad, es exigida como fidelidad al Espíritu y como evangelización de la vida nueva en Cristo.

Después de esta reflexión, que hace entrever la importancia práctica del discurso sobre la unidad de contemplación y acción, volvamos a nuestra búsqueda más directamente interesada en Don Orione. Él fue todo espiritual. La unificación interior es evidentemente y principalmente un "don de Dios", un efecto del Espíritu Santo. Fue la acción del Espíritu, custodiado en un corazón puro, la que mantuvo a Don Orione "siempre en un estado de embriaguez espiritual", según la feliz expresión de Don G. De Luca. (59) El Espíritu Santo obra una transformación de todo el ser humano y de toda la vida del hombre, también en sus potencias ordenadas a la acción, haciéndolo instrumento de Dios. Cuando el hombre no sofoca al Espíritu, sino que se deja inspirar por el Espíritu en cada acción, se tiene al místico. Don Orione fue instrumento dócil de Dios, sobre todo en su acción. Esto es evidente: es auténticamente un místico y es plenamente un activo de la concreción sorprendente, por cantidad y calidad de obras y de resultados. Este hecho caracteriza la experiencia de santidad de Don Orione con respecto a otros "caminos" místicos, incluido el benedictino que él, por ciertos aspectos, reconoce como "suyo", (60) pero que conserva una cierta distinción entre "ora et labora". En Don Orione la acción parece ser en sí misma camino de la experiencia de Dios. D. Barsotti - profundo experto en espiritualidad - llega a reconocer una verdadera identificación: "La contemplación en Don Orione es la acción misma". (61) Es un dato ampliamente ilustrado por la vida y por los escritos del Beato, y testimoniado por quien lo ha conocido. Veamos de profundizar algunas razones.

Como respuesta a la particular moción del Espíritu, ¿cuáles fueron las opciones vividas y enseñadas por Don Orione para custodiar y corresponder al don, a la vocación de "místico en la acción"? (62)

La respuesta es muy comprometida; ya se ha reflexionado (63) y queda todavía mucho por comprender; y por vivir, para comprender. En esta reflexión nos limitaremos a presentar dos alternativas fundamentales para realizar la unificación dinámica de acción y contemplación: la obediencia a la voluntad de Dios y la caridad hacia el prójimo.



6. La obediencia a la voluntad de Dios Punto de encuentro de la mística orionina, que gira alrededor de acción y contemplación, es la obediencia, el "hacer la voluntad de Dios". "No quien dice 'Señor, Señor' entrará en el Reino de los Cielos, sino quien hace la voluntad de mi Padre" (Mt 7, 21).


Don Orione siempre tenía la conciencia (lo buscaba) de estar allá donde Dios le daba cita (obediencia), donde él se hacía encontrar y servir: por esto estaba siempre en contemplación en la acción. Decía: "es necesario buscar hacer todo siempre en la presencia y por amor de Dios, lo cual lleva a estar siempre bien unidos a Dios, también en medio de los asuntos y ocupaciones del propio oficio". (64) Estar donde y como quiere la voluntad de Dios es la simple regla para hacer experiencia de Dios en la realidad cotidiana. No hay un solo momento en el cual Dios no se presente bajo las apariencias de los hechos cotidianos, de alguna pena, de alguna exigencia o de algún deber. Todo aquello que sucede en nosotros, en torno a nosotros y a través de nosotros, contiene y oculta su acción divina. "Si rasgáramos el velo y si fuésemos vigilantes y atentos, Dios se revelaría a nosotros incesantemente y nosotros gozaríamos de su presencia en todo aquello que nos sucede; y en todo diríamos: Dominus est, ¡es el Señor!". (65) Se sale de la contemplación no cuando se sale de la iglesia, o de los momentos considerados 'espirituales', sino cuando se sale de la voluntad de Dios. La obediencia adhiere al hombre a la presencia de Dios: siempre, dondequiera, como quiera.

Es fácil hacer memoria de ejemplos y enseñanzas de Don Orione al respecto.

Los Cohermanos que han vivido cerca de él recuerdan expresiones que florecían espontáneas y convincentes de los labios de su fundador y padre. "Aquello que Dios quiera, repetía a menudo" y "¡Se haga la voluntad de Dios!". (66) El Siervo de Dios Fray Ave María ha observado muy oportunamente: "Don Orione ha dejado a sus hijos espirituales las siete florecillas de la Divina Providencia, que comienzan todas con la letra efe; la primera es fe y la última es fiat voluntas Dei". (67) "También en los contrastes y en las dificultades - testimonia Don A. Bianchi - lo he visto siempre sereno y calmo, nunca he notado en él un arrebato de impaciencia u oído una palabra de lamento, al contrario, repetía resignado: ¡Paciencia! ¡Es señal de que Dios dispone así!". (68) "A veces, preguntándole si él se encontraría en algún sitio, respondía que por la mañana no sabía dónde habría terminado de rodar por la noche; que habría visto qué carta le preparaba el Señor". (69) También en el mismo nombre elegido para sus seguidores, "Hijos de la Divina Providencia", Don Orione quiso sugerir la fundamental actitud filial de confianza, de adhesión dócil, constante a los quereres de Dios.

"Los hijos de la Divina Providencia deben ser hijos de la obediencia: o no son verdaderos hijos de la Divina Providencia". (70)

En las primeras Constituciones, imprimidas en 1912, Don Orione dedica el n° 28 a la "Indiferencia religiosa en la obediencia" que significa disponibilidad a todo, "a gastar también la propia vida donde lo requiriese la mayor gloria de Dios y el servicio del prójimo, a imitación de Jesucristo, Redentor y Señor Nuestro, Qui fuit oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis (Filip. 8)". (71)

¡Cuántas obediencias heroicas en la vida de Don Orione! Algunas son notables. Las más quedan como su "secreto martirio". Aquí recuerdo una.

El párroco de Lonigo (Vicenza) con una intervención quizás también bien intencionada, pero concretamente no correcta, quería cerrada la casa-oratorio de Don Orione, la primera presencia de la Pequeña Obra en el Véneto (1908-1912); ya bien encaminada y querida por la gente. Fue para Don Orione una obediencia-"holocausto" de un verdadero bien. Leamos esta carta escrita a Don A. Caldana, cuando la decisión ya estaba prácticamente tomada. Será muy claro. "Me han referido a mí, su hermano, que es su deseo que mis pequeños hermanos de la Divina Providencia dejen Lonigo; solo que Usted no querría que esto se supiese y le causara molestias. Ahora yo voy a Usted en el Señor, como ya he ido cuando Nuestro Señor me ha llevada hacia Usted, y le digo: si así lo desea, enseguida in Domino lo complazco, y todos partirán silenciosa y humildemente, y ninguno jamás sabrá nada, ni ahora ni después, porque así le agrada al Señor que se haga entre nosotros, hijos de su Iglesia, como entre buenos hermanos.

Solo le suplico in Domino, (y digo no ofenderlo, ya que le escribo con sincero afecto en Jesús Crucificado, y en Su amor me parece amar verdaderamente a Usted y a Su pueblo) que antes de responderme, se recoja un poco en sí mismo y con Nuestro Señor, durante una hora delante de Él en el Santísimo Sacramento, a fin de que la decisión que tome esté llena de caridad y de Dios, y sea tal que en punto de muerte no le vaya a dar tormento; y yo haré lo mismo, y luego haré lo que Dios le inspirará.

Y, de alguna manera, quiera rogar por mí, como yo lo haré por Usted. Et Deus charitatis et pacis sit semper nobiscum!". (72) Este es uno de aquellos casos en los cuales se presenta a la persona el dilema entre una existencia también exteriormente buena y eficaz en el bien, pero en la cual, en el fondo, se busca un cierto éxito de sí; y una existencia de servicio en la obediencia, "en cruz y crucificados con Cristo", reconociendo efectivamente el primado absoluto de Dios en la propia vida. Uno se encuentra como "crucificado" entre la exigencias del bien y las exigencias de la obediencia, y de ello sale sólo por la experiencia interior que le hace conocer que hay una única voluntad de Dios que hay que discernir en Su "voz" de Dios que manda en los superiores (y en los eventos de la vida) y en aquella que pide servirlo en los hermanos. (73)

Es necesaria la compañía interior de Dios para entrar en el misterio de la cruz, que es misterio de obediencia, que es adoración de Su siempre buena y eficaz voluntad, que es sacrificio de sí, que es resurrección y santificación.

En un escrito, rico de sabiduría teológica y ascética, Don Orione desarrolla profundamente su reflexión sobre el "hacer la voluntad de Dios". Algunos pasajes.

"¿Qué es la voluntad de Dios? Diría que es Dios mismo. Fuera de la voluntad de Dios (sapientísima, santísima, óptima) no se tiene más bien, sino ilusión de bien.

En la conformidad a la Voluntad de Dios reside toda la virtud y la felicidad de las almas cristianas. Voluntad de Dios, paraíso mío.

La conformidad a la voluntad de Dios es el único camino de la paz y de la felicidad. Transforma en bien todos los males, en felices aventuras todas las calamidades; en la Voluntad de Dios debemos descansar siempre, más aún, gozar.

En la vida cristiana nunca se hace mucho, sino cuando se hace mucho la voluntad de Dios, con radiante indiferencia. Fiat, ¡fiat Voluntas tua!". (74)

El contenido de la oración es el proyecto de Dios; el objetivo de la acción externa es el "Instaurare omnia in Christo" (Ef. 1, 10). Oración y acción llevan juntas a una adhesión siempre más plena al Reino de Dios. Ésta es la convergencia de oración y actividad apostólica. Con la oración, el cristiano se habitúa a mirar el mundo con la mirada del Padre; aprende y hace suya, siempre más, la voluntad de salvación del Padre; se vuelve para Él "familiar" ("Quien hace la voluntad de mi Padre es para mí hermano, hermana y madre" Mt. 12,50). En el fondo, ¿qué pide toda oración cristiana? "Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo". (75) Con la acción, el cristiano se habitúa a vivir como hijo, como siervo, como colaborador de Dios prolongando su acción providente de creación y de redención, la única que tiene reflejos en la eternidad.

"En la obediencia está la gran sabiduría: la sabiduría que abraza el todo. No es el hacer mucho exteriormente lo que cuenta delante de Dios, sino el tener un corazón humilde, recto, obediente. Y la simple obediencia es virtud tan querida a los ojos de Dios, que ella sola basta para santificarnos. El camino de la obediencia fue el camino de Jesucristo, de María Santísima, de San José y de los Santos: es el camino de la santa inmolación con Cristo, de la paz y de la felicidad". (76) Don Orione a menudo señaló a la Familia de Nazaret como modelo de vida cotidiana activa y contemplativa, simple, sacrificada, conducida por la obediencia a la voluntad de Dios. Hablando de las "lecciones" de Nazaret y de la santa Familia, Don Orione observaba:

"En esta familia se trabajaba mucho; también en nuestra familia religiosa debe estar el trabajo continuo; no sólo rezar, sino también trabajar. La de ustedes es vida contemplativa y de trabajo al mismo tiempo. Cuando estén delante del Santísimo Sacramento, recen, estén todas en Dios, no piensen en nada, piérdanse, por así decirlo en Dios. En cambio, cuando obren, cumplan bien su deber como y porque lo quiere el Señor". (77)

El Sí obediente unifica acción y contemplación en aquel que ama a Dios y sirve al prójimo. Camino a la santidad es conocer y responder Sí a la voluntad de Dios. Leamos al respecto otra bella página de Don Orione.

"¡Fiat! Pronuncien esta suave palabra, oh hijos y amigos míos, pronúncienla en cada respiro, en cada latido del corazón, en cada movimiento de los labios. Dios la comprenderá siempre en el modo en el cual quieren que él la comprenda, ahora como oración, ahora como acto de fe en la duda, como acto de esperanza en el temor, y siempre como acto de amor.

¡Fiat! ¡En tus manos, pues, en tus manos, oh mi Dios!...Trabaja, trabaja este fango, oh mi Dios, dale una forma y después despedázala otra vez, ella es tuya y de quien hace las veces de Ti, y no tendrá nunca más nada que decir...Sufrido, elevado, abajado, útil para algo o inútil a todos, yo te adoraré siempre y seré siempre tuyo, ¡oh mi Dios! ¡Ninguno me separará de ti! En las alegrías y en los dolores seré siempre tuyo, oh dulcísimo amor mío, Jesús. Solitario e ignorado como la flor del desierto, errante como el pájaro sin nido, siempre, siempre, Señor y amor suavísimo de mi alma, saldrá de mis labios la palabra sumisa de aquella que me has dado por Madre: ¡Fiat! ¡Fiat! ¡Hágase en mí según tu palabra!". (78) Hay una expresión típica que caracteriza la experiencia espiritual orionina en un racimo de virtudes esenciales, entre las cuales brilla la obediencia: "como st