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Pentecostés, una Iglesia en salida



EL ESPÍRITU OS GUIARÁ HASTA LA VERDAD PLENA

Mª Luisa Paret


Jn 20, 19-23

Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua.

Nosotros, los cristianos, celebramos la venida del Espíritu-Ruah (hebreo). Culmina así, el ciclo

pascual. Pero ¿cómo hablar hoy del Espíritu en un mundo globalizado que nos invita a vivir

desde fuera, donde lo atractivo está fundamentalmente en el exterior? Incluso para los que

nos decimos cristianos, ¿cómo se comunica Dios en nuestras comunidades? ¿Y en mí? ¿Somos

capaces de percibirlo? ¿Lo reducimos a una fiesta más?

A veces en nuestra Iglesia nosotros también cerramos las puertas, quizá por miedo al

futuro, al cambio, a equivocarnos o sencillamente porque “siempre ha sido así”. ¿Qué miedos

crees que nos atenazan como Iglesia? Sin embargo, es el Espíritu el que nos convoca, el que

nos trae su paz, el que nos une y permanece en medio de nosotros y hace que permanezcamos

unidos más allá de nuestras diferencias. Él es el que viene a nuestras vidas, se comunica a la

Iglesia y también a cada persona.

En este tiempo de pandemia que llevamos soportando más de un año ya, hemos

vivido, además, por circunstancias obvias, la ausencia de la Comunidad cristiana que da

soporte, aliento y apoyo fraterno en cuantas celebraciones compartimos la fe, la vida y la

esperanza; o esos momentos de silencio y oración que nos ayudan a desvelar

permanentemente el Misterio de Dios en nosotros, en mí, en los demás, en el universo.

Cuando vivimos en comunión con ese Misterio desde dentro, ¿qué actitudes me refuerza y

cuáles me invita a dejar?, ¿qué resistencias frenan o dificultan la irrupción del Espíritu-Ruah en

mí? ¿Soy capaz de ponerme en acción o me pueden la pasividad o la pereza?

Porque no son dos ámbitos contrapuestos lo interior y lo exterior. Sino que ambos son

el reflejo de la irrupción del Espíritu en cada uno/a. Si hemos descubierto la abundancia y el

derroche de dones que se nos da por pura gratuidad, “lo demás se dará por añadidura”. Si

hemos acogido y experimentado en lo más íntimo de nuestro ser, aun de manera callada,

sencilla y humilde, el misterioso proceder de Dios-Espíritu, nos daremos cuenta de que Él sigue

actuando en mí, en todo ser humano (incluso antes de que yo/ tú mismo empezara/s a

existir) “porque desde el principio estáis conmigo” y nos impulsa a la misma meta: “porque el

Espíritu os guiará hasta la verdad plena”.

Que no es otra meta que vivir la mejor Humanidad, el Amor como fundamento de mi

ser, “porque te he visto latiendo en los bancales, favoreciendo, urdiendo… porque me enseñas a ser en lo que era, a olvidar mis estiajes en esta primavera...

porque es llegado el tiempo del que ama” … (José G. Nieto),

y así confluir, biológica y espiritualmente, en la íntima unión con la Divinidad.

San Pablo, en la Carta a los Gálatas, les recuerda algo de plena actualidad: “El fruto del

Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, disponibilidad, bondad, lealtad, amabilidad,

dominio de sí” (5,16-25). Lo exterior, lo interior forman parte de una misma realidad

impregnada de bondad, belleza, armonía, amistad, equilibrio, conciliación, relación,

unificación… Porque eso y no otra cosa es el plan de Dios para sus criaturas desde los orígenes

(recuérdese el bellísimo relato de la Creación) y, me atrevería a decir, que el sueño de plenitud

de todo ser humano en todas las religiones.


¿Cómo concretarlo, hoy, con los pies en la tierra? Jesús nos dejó un proyecto de Felicidad: las

Bienaventuranzas. Hoy, podemos recrearlas en este nuevo Pentecostés:

Felices quienes, ante un hecho imprevisto, un grave diagnóstico, una ruptura dolorosa,

se ponen en manos del Espíritu para afrontar con confianza/fe esa etapa incierta, difícil.

Felices quienes reconocen sus errores, debilidades, desalientos y “aun con las puertas

cerradas por miedo...” salen de sí mismos y se dejan impulsar por el Espíritu.

Felices quienes despejan de puertas y ventanas obstáculos, prejuicios, quejas,

pesimismos e inconvenientes y dejan entrar la luz del Espíritu que lo baña todo.

Felices quienes, a pesar de la edad, la experiencia, los batacazos… reviven la novedad

del Espíritu y no se quedan aferrados al pasado, sino que prosiguen su camino cada día.

Felices quienes saben sacar provecho de la historia, con sus etapas de esplendor y

oscuridad, ni mejores ni peores que otras, dejando atrás estereotipos, mitos, tópicos y

construyen, renovados por el Espíritu, las pequeñas historias de cada día tan llenas de amor,

de esperanza, de utopía.

Felices quienes se dejan cautivar por la mirada limpia, los dones recibidos y la

intuición-certeza del encuentro con Dios-Espíritu, aun sin saberlo, y todo ello de manera fugaz,

imperceptible, íntima, cotidiana.

Felices quienes dan su tiempo, sus talentos, su carisma y, al mismo tiempo, saben

acoger los de los demás en un intercambio fecundo y libre de dones, capacidades, habilidades

y virtudes.

Felices quienes saben rastrear las huellas del Espíritu, seguir su dinamismo con

humildad y atención constante a sus intuiciones e inspiraciones.

Felices quienes se arriesgan a vivir con actitud de apertura, servicio y encuentro, anticipando la

salvación y siendo signo de la misma en la corresponsabilidad y en el compartir.

Felices porque sabiéndonos hijos/as de Dios, continuamos siendo ascuas en la lumbre

no relumbrones fatuos, luz desde dentro, zarza ardiente en los desiertos de la vida, mesa en la

que compartimos pan y vino, cuerpos inflamados por tu Espíritu que nos gloriamos en este

nuevo Pentecostés de celebrar todo “lo que Dios ha hecho con nosotros” porque “abres tu

mano y sacias de favores a todo ser viviente” (Sal 145, 15-16).

¡Shalom!


ABIERTOS AL ESPÍRITU

José Antonio Pagola


No hablan mucho. No se hacen notar. Su presencia es modesta y callada, pero son «sal de la

tierra». Mientras haya en el mundo mujeres y hombres atentos al Espíritu de Dios será posible

seguir esperando. Ellos son el mejor regalo para una Iglesia amenazada por la mediocridad

espiritual.

Su influencia no proviene de lo que hacen ni de lo que hablan o escriben, sino de una

realidad más honda. Se encuentran retirados en los monasterios o escondidos en medio de la

gente. No destacan por su actividad y, sin embargo, irradian energía interior allí donde están.

No viven de apariencias. Su vida nace de lo más hondo de su ser. Viven en armonía

consigo mismos, atentos a hacer coincidir su existencia con la llamada del Espíritu que los

habita. Sin que ellos mismos se den cuenta son sobre la tierra reflejo del Misterio de Dios.

Tienen defectos y limitaciones. No están inmunizados contra el pecado. Pero no se

dejan absorber por los problemas y conflictos de la vida. Vuelven una y otra vez al fondo de su

ser. Se esfuerzan por vivir en presencia de Dios. Él es el centro y la fuente que unifica sus

deseos, palabras y decisiones.


Basta ponerse en contacto con ellos para tomar conciencia de la dispersión y agitación

que hay dentro de nosotros. Junto a ellos es fácil percibir la falta de unidad interior, el vacío y

la superficialidad de nuestras vidas. Ellos nos hacen intuir dimensiones que desconocemos.

Estos hombres y mujeres abiertos al Espíritu son fuente de luz y de vida. Su influencia

es oculta y misteriosa. Establecen con los demás una relación que nace de Dios. Viven en

comunión con personas a las que jamás han visto. Aman con ternura y compasión a gentes que

no conocen. Dios les hace vivir en unión profunda con la creación entera.

En medio de una sociedad materialista y superficial, que tanto descalifica y maltrata

los valores del espíritu, quiero hacer memoria de estos hombres y mujeres «espirituales». Ellos

nos recuerdan el anhelo más grande del corazón humano y la Fuente última donde se apaga

toda sed.

 


NO ENTRISTEZCÁIS AL ESPÍRITU SANTO

Florentino Urribarri

Tú, Santa Ruah, Espíritu de Dios, estás triste.

El maravilloso tapiz de la creación,

que con tanta sabiduría y amor habías tejido,

está desgarrado, hecho jirones, destrozado:

su belleza devastada por la violencia,

su armonía rota por la explotación,

sus hilos contaminados por el odio,

sus colores oscurecidos por el olvido...

 

Pero he aquí que tú, Espíritu creador,

te dispones a recrear tu obra con ternura:

reúnes los hilos y jirones dispersos

para tejerlos de nuevo con paciencia infinita;

acoges en tu regazo nuestras penas y tristezas,

las lágrimas, las frustraciones, el dolor,

los fracasos, los golpes, las cicatrices,

la ignorancia, las violaciones, la muerte...

 

Y reúnes también, en tu taller,

el trabajo de tantas personas generosas,

la compasión de muchos corazones,

las iniciativas de paz, los ríos de solidaridad,

las luchas contra la injusticia y el odio,

las flores débiles y vivas de la diversidad,

los cantos de esperanza y utopía

y los mimbres de la fraternidad...

 

Y nos invitas a sentarnos a tu lado,

y a recrear el tapiz de la creación,

empezando por nuestra casa, Iglesia y sociedad,

con ternura, paciencia y sabiduría;

a tomar parte en tu tarea y afán,

a pesar de nuestra pequeñez y debilidad,


y a rehacer así tu obra, trabajando en red,

para que surja la nueva creación anhelada.