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Hoy 21 de enero recordamos a Fray Ave María en su Dies Natalis

  • Foto del escritor: donorionechile
    donorionechile
  • 21 ene
  • 3 Min. de lectura
Fray Ave María
Fray Ave María

Tenía solo 12 años cuando un disparo accidental cambió su vida para siempre. Un rifle, un juego infantil y un segundo bastaron para apagar definitivamente la luz de sus ojos. Desde ese día, César Pisano quedó ciego. Pero no fue solo la vista lo que perdió: junto con ella se le vino abajo la alegría, la confianza y hasta la fe. La oscuridad no fue solo física; también se le metió en el alma. Durante años vivió marcado por la tristeza, preguntándose por qué Dios había permitido algo así. Nadie lograba sacarlo de ese encierro interior… hasta que la Providencia empezó a abrirse paso, primero a través del cariño fiel de una hermana y luego, de manera decisiva, mediante el encuentro con Don Orione.


César había nacido en Pogli, Ortovero, en la provincia de Savona. La ceguera lo obligó a rehacer toda su vida. A los 20 años llegó al Paterno de Tortona, casi sin saber qué buscaba, pero con el corazón cansado de pelear con Dios. Allí, poco a poco, comenzó a reconciliarse con su historia. Don Orione supo leer en ese joven herido una vocación profunda y silenciosa. A los 23 años, César abrazó la vida de ermitaño y recibió un nuevo nombre: Fray Ave María. Su misión sería clara y radical: rezar.


Desde entonces vivió en la ermita de San Alberto de Butrio, en Pavía. Una vida escondida, marcada por la reclusión, la penitencia y la oración constante. No predicaba en plazas ni escribía grandes tratados, pero su sola presencia hablaba. Don Orione lo definía como “un alma hermosa” y se preguntaba con asombro cuántos milagros habría hecho sin que nadie los registrara. Fray Ave María, en cambio, se llamaba a sí mismo “el ciego feliz”, porque había descubierto que Dios no le había quitado la luz: la había cambiado de lugar.


Con el paso de los años, su fama de hombre de Dios se fue extendiendo. Personas sencillas y también consagrados llegaban a la ermita buscando consuelo, consejo o simplemente silencio. Su bondad humilde, su sonrisa serena y la sabiduría nacida de la oración hacían sentir a muchos reconciliados con la vida. Aunque no veía, bastaba estar con él para que las preocupaciones se ordenaran y lo esencial volviera a encenderse.


Fue también un verdadero apóstol para quienes vivían la ceguera física. A través de sus escritos espirituales y de su testimonio, mostró que el sufrimiento no tiene la última palabra. En 1962, al cumplir cincuenta años de ceguera, habló de sus “bodas de oro” y pidió elevar “un himno solemne de acción de gracias a Jesús bendito, que sabe sacar bien de todas las cosas para quienes lo aman”. Y lo decía con verdad, porque en su vida el dolor se había transformado en alegría y la oscuridad en luz interior.


Fray Ave María murió el 21 de enero de 1964, a los 63 años, después de 42 años de vida religiosa y 52 de ceguera. Su cuerpo descansa en la cripta de la ermita de San Alberto de Butrio. En 1997, la Iglesia reconoció oficialmente sus virtudes heroicas, otorgándole el título de Venerable.


Hoy su testimonio sigue vivo también de manera concreta. En nuestra familia orionista, una escuela especial lleva el nombre de Fray Ave María, como signo de una herencia que no se queda solo en la memoria, sino que se traduce en servicio, inclusión y acompañamiento a quienes más lo necesitan. Llevar su nombre es un recordatorio permanente de que la ceguera, el dolor o la fragilidad nunca son el final, y que la Providencia de Dios sigue actuando a través de obras sencillas, fieles y profundamente humanas.

 
 
 

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