Como orionistas: ¿Cómo contribuir en esta situación de emergencia? - Carta del padre Superior General

Don Orione nos inspira a vivir este tiempo de emergencia sanitaria y social con seriedad, en el pleno respeto de las normas y de las indicaciones públicas, pero también con la fantasía de la caridad: “¡Ardan y resplandezcan de caridad!”. Por lo tanto, es el tiempo de hacer triunfar la caridad de los gestos simples y pequeños que se vuelven gigantes como un signo de solidaridad efectiva, de cercanía espiritual, de apoyo a los más pobres y de promoción del bien.

 

En medio de tantas noticias tristes y preocupantes es bueno recibir “migajas” de bien. Les comparto algunas: Un sacerdote, el único “pariente cercano”, que bendice un ataúd sin dejar que falte la oración de la Iglesia. Un doctor, con todos sus diplomas, que se pone a hacer el servicio más simple como el de llevar a un anciano residente. Una empleada que, ante la imposibilidad de la presencia de un sacerdote (todos en aislamiento obligatorio), “bendice” los ataúdes poniendo sobre ellos una estampita de San Luis Orione. Un párroco que, a la mañana, hace una ronda de telefoneadas entre sus parroquianos, tratando de llegar particularmente a los ancianos en aislamiento. Tantos laicos que se “encuentran” en los medios para rezar y apoyarse mutuamente. La Comunidad del Santuario de Tortona, en cuarentena, en oración ante la urna del Fundador. Los voluntarios, no obstante, el peligro, continúan a preparar y a distribuir la comida a los sin techo. Los seminaristas y religiosos de Córdoba que hacen los turnos para sustituir una parte de los empleados en la asistencia a los residentes del Cottolengo. Los seminaristas del Teológico que continúan a prestar su servicio en las “duchas vaticanas” para ayudar a los que no tienen hogar.

 

Son actitudes de orionitas que, afrontan una situación inédita, reproducen el comportamiento y el estilo del Padre Fundador.

 

Alguien recordó que Don Orione, ante la noticia de los terremotos, dejó todo y partió para Messina y Avezzano. ¿Y nosotros? Debemos buscar qué espíritu movió a Don Orione a esas acciones. ¿Cómo querría él que nos comportásemos hoy?

 

¡Don Orione nos inspira… a la compasión!

 

En el discurso a los capitulares (2016), el Papa Francisco nos decía que “en ciertos lugares” nosotros, orionitas, éramos conocidos como “los curas que corren, porque siempre se los veía en movimiento, en medio de la gente, con el paso rápido de quien tiene prisa”. Ciertamente, ahora no podemos correr con las piernas (Les recomiendo estén en casa) pero nadie tiene que engañar nuestro corazón. De hecho, recita un dicho medieval, “Ubi amor, ibi oculus” (donde hay amor, allí hay capacidad de ver). Para Don Orione, es verdad también al revés: “Ubi oculus, ibi amor”.

 

Entonces, frente al continuo flujo de noticias, para no permanecer cerrados en una emotividad estéril, Don Orione nos invita a una compasión activa: “Cuidar la salud, pero trabajar siempre, con celo, con ardor por la causa de Dios, de la Iglesia, de las almas”. ¿Quién no tiene bajo los ojos la imagen de Don Orione que, con un niño en los hombros, camina entre los escombros del terremoto? ¿O no recuerda el último “Sí” pronunciado pocos instantes antes de morir para que se recibiera en el Cottolengo de Génova una persona necesitada? En la vida de Don Orione hay muchas demostraciones concretas de su compasión y es él mismo que nos invita a seguirlo en este ministerio “Revístanse por lo tanto de afectuosa compasión hacia los pobres y sobre todo de aquella caridad que es el vínculo de la perfección”.

 

¡Don Orione nos inspira… a la oración!

 

Sería fácil caer en el pietismo o en una actitud buenista, pero todos sabemos que en Don Orione nada existe que no pase a través de la oración. Bastan pocas palabras para afrontar con fe esta situación: “Coraje, hijos míos, llénense de coraje también ustedes, y láncense adelante en la piedad y en el trabajo para la gloria del Señor y la salud de ustedes y de tantas y tantas almas! Comprendo que puedan venir momentos de abandono y de desaliento a todos (…), pero la oración, los Santos Sacramentos y la confianza en Dios los deben reanimar y confortar (…).

Dado que estamos muy limitados en nuestro apostolado concreto, aprovechemos para rezar y para hacer rezar: de todo peligro nos librará el Señor “si nos encomendamos humildemente a la Virgen, Madre nuestra, y si ponemos a los pies de Jesús toda la vida y el alma fiel, hijo mío. Jesús es el Dios de todo consuelo y el Padre de toda celestial consolación, que nos consolará en cada hora y abatimiento de la vida”.

 

¡Don Orione nos inspira… a la fantasía de la caridad!

 

Don Orione, a lo largo de su vida, enfrentó muchas dificultades e imprevistos, pero los superó siempre con el ímpetu de la fantasía de la caridad. Bastaría pensar en el joven Orione con la mandolina bajo las ventanas de la cárcel; cuando se disfrazó de enfermero para dar los sacramentos al Excelentísimo Alejandro Fortis, ex Primer Ministro del gobierno italiano, eludiendo la vigilancia masónica puesta en la habitación del enfermo, porque “me daba pena verlo morir así”, o cuando tuvo el coraje de pedir el auto al rey para transportar a los huérfanos del terremoto. ¿Qué “fantasías” contaremos después de esta emergencia? Ahora que la gente no puede venir directamente a nosotros, ahora que los chicos no pueden jugar en el oratorio, ahora que no se puede celebrar en la iglesia o ir a bendecir las casas y visitar los enfermos, resuenan más certeras que nunca las palabras del Fundador: “Presérvame, Dios mío, de la funesta ilusión, del diabólico engaño que yo sacerdote deba ocuparme sólo de quien viene a la iglesia…”.

 

¡Don Orione nos inspira… a proteger a nuestros asistidos!

 

Los pobres son nuestros patrones y cuidar de ellos es “cuidar de Jesús”. En nuestras estructuras tenemos tantas personas en situación de vulnerabilidad, por lo que es más importante que nunca cuidar la organización y la coordinación de todas aquellas iniciativas que pueden protegerlos. Ellos son “el tesoro de la Iglesia” y es también en su nombre que debemos asegurarnos de que se hayan tomado todas las precauciones necesarias. Don Orione decía: “Miren que pasó el tiempo en que se daban órdenes: ahora los siervos somos nosotros, y los patrones son Ellos, la Iglesia y cuantos son atendidos en nuestras casas. Hagámoslo por el amor de Dios, y nos ganaremos el Paraíso: entonces nos haremos santos, si sabremos hacernos de verdad siervos de los otros, y especialmente de quien convive con nosotros. Miren que aquí está un gran secreto para hacernos santos: hacernos siervos de quien convive con nosotros”. El ejercicio de la autoridad y una buena gestión, en este momento, es el servicio más importante para las personas frágiles, para defenderlas y protegerlas.

 

¡Don Orione nos inspira… a la vida fraterna en comunidad!

 

Sólo para sonreír, cito una frase de Don Orione, obviamente dicha en un contexto muy diferente al de hoy: “Yo deseo que no se salga de Casa sin una verdadera necesidad y sin tener el permiso del Superior de la Casa y que éste sepa dónde se va, y cuando se regresa”. Tal vez se lo habremos dicho a tantas familias y a tantos jóvenes, pero vale también para nosotros: este es un tiempo oportuno para redescubrir a los hermanos y reforzar con ellos los vínculos familiares. Dos de nuestros sacerdotes ancianos, puestos por su seguridad en aislamiento, me decían: “¿Qué hacemos todo el día? Yo cuido de él y él cuida de mí. Nos animamos mutuamente”. Respetando las normas de seguridad, aprovechemos de este tiempo para rezar juntos, realizar algún encuentro formativo, tener momentos de recreación, animarnos y cuidarnos el uno al otro.

 

¡Don Orione nos inspira… a mantener la confianza en la Divina Providencia!

 

“¡El futuro es de Cristo!” Hay muchas cartas de Don Orione en las que se destaca esta frase. Por otro lado, él mismo quiso que nos llamáramos “Hijos de la Divina Providencia”. Esta sensibilidad de Don Orione es así de clara y fuerte, y nosotros sus hijos, frente a cualquier dificultad, incluso enorme, podemos consolarnos repitiendo sus palabras: “Si por lo tanto es cierta nuestra victoria, no nos abandonemos a la angustia ni al desánimo, cuando vemos que no todo va como debe andar. Ningún desánimo o tristeza debería entrar en los hijos de la Divina Providencia: luchamos bajo tal maestro, tal líder, que sería inconveniente, por no decir pusilanimidad, perder el coraje. Somos soldados de Cristo: ¡debemos tener una ilimitada confianza en Él! Somos los hijos de la Divina Providencia: debemos tener plena fe y confidencia en Dios que es nuestro Padre. Pongamos en Él toda pena y debilidad: para las almas que confían en Él todo termina bien. Y donde nosotros no llegamos: donde nosotros no podemos más, comienza Él, ¡el Señor! Nosotros estamos en las manos de la Providencia. Sigue adelante con amor no sólo por las almas, sino por ti mismo”.

 

 

¡Don Orione nos inspira… a los pequeños gestos!

 

Ya compartí al comienzo algunas “migajas de bien”. Estamos aprendiendo que son los pequeños gestos los que cada día hacen que nuestra vida sea gustosa. Tal vez estamos habituados a preguntarnos ¿Cuánto hice hoy? No importa, sembremos el bien con abundancia y el Señor hará fructificar cuánto y cómo Él quiere. En lo ordinario podemos hacer gestos extraordinarios: “Cada gota forma la corriente, y las corrientes nos dan los grandes ríos; los medios que una buena persona puede tener muchas veces se agotan pronto, no así cuando hay cien, hay mil”.

 

¡Don Orione nos inspira… a usar los medios de comunicación!

 

Estoy pensando a tantas iniciativas que promovieron en “streaming” para hacer llegar la Misa a las casas, las oraciones, la adoración, pero también tantos mensajes de esperanza vía Facebook, WhatsApp, etc. ¿Recuerdan la lapicera de Don Orione? Siempre estaba en movimiento para que quien fuera inalcanzable, pudiera sentirlo cerca y apoyado por sus palabras de fe y esperanza. Me atrevería, en este sentido, a proponer que no se limiten solo a reenviar o difundir los mensajes de los demás, sino a compartir textos y reflexiones suyas sobre aquello que están viviendo. ¡Prestemos atención a una comunicación de calidad!

 

Don Orione, en su tiempo, con los medios disponibles, escribía: “_Anda, pobre boletín de la Divina Providencia, vuela alegre por montes y por valles, y, donde sea que llegues, ¡resuenen los caminos de la tierra y el cielo de júbilo y de canto! Donde quiera que haya un alma para salvar, un dolor para aliviar, una lágrima para secar, ¡allí vuela como un ángel consolador, página de la Providencia! Piadoso a toda miseria, bálsamo para los afligidos, palabra de consuelo y de esperanza de un día sin llanto que ¡no tendrá ocaso! Como un soplo de amor divino, difunde luz, toca, convierte y eleva de todos los corazones y de cada corazón eleva ¡el himno suavísimo de la divina caridad!”.

 

¡Don Orione nos inspira… a pensar el mañana!

 

Muchos definen esta gran experiencia como una guerra. Si es así, habrá un después de la guerra y debemos prepararnos para reconstruir, no tanto los puentes o las calles, y tampoco hacer resurgir los edificios o las casas, sino las personas; recuperar actitudes sociales de fraternidad, de compartir, de participación en las actividades de la Iglesia.

 

Hay también quien ve este período como una “ocasión propicia” para reaprender valores como el uso del tiempo, el estar en familia, la sobriedad de vida, etc. Después de la crisis, habrá que correr para reavivar la economía, restablecer las escuelas, reprogramar las manifestaciones culturales y deportivas, y tal vez también recuperar todas aquellas “fiestas” que se perdieron. ¿No sea el caso que olvidemos, una vez más, esos valores aprendidos a un alto precio?

 

Nos toca a nosotros, orionitas, hacer el trabajo de acompañamiento y de formación de las conciencias sobre las prioridades. Comencemos ya hoy a construir el mañana. Es lindo recordar lo que el joven Ignacio Silone, en un momento de desánimo, escribe a Don Orione. Era el 29 de julio de 1918: “_En ciertos momentos de la vida se salva solamente quien tiene un hijo, quien tiene un padre, o quien cree en una vida próxima. Me acordé que un día usted, escribiéndome, me llamaba hijo y yo, padre. (…) Padre, mi salud está arruinada, mis estudios están arruinados, yo quiero aún recomenzar, recomenzar, ¡recomenzar! ¡Ayúdeme! Repítame las palabras de esperanza, recondúzcame a las aguas vivas de la vida”.

 

Era como si alguno hoy nos dijese: ¡Padre, dame un futuro! ¡Una razón para seguir creyendo! Un empujón para salir de este callejón oscuro y ciego. Después de esta Cuaresma así diferente y así dura, ¡ayúdame a celebrar la Pascua!

 

 

Roma, 22 de marzo de 2020

 

P. Tarcísio Vieira, fdp.

Superior General

Pequeña Obra de la Divina Providencia

 

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