La misión de todo profesor es acompañar a sus alumnos educándolos para la vida

 

Ser profesor, es una tarea compleja, ¡qué duda cabe!. Lo ha sido siempre y lo es más aún hoy, cuando la educación y el educador, frente a la opinión pública, son los responsables tanto de los males como de las soluciones a los problemas que afectan transversalmente al espectro social.

 

También es una profesión que encierra fuertes contrastes: el poder de controlar y dirigir, coexiste con la complejísima sencillez de orientar y acompañar. Frente a semejantes exigencias resulta difícil determinar cuándo un docente es un buen(a) profesor(a), más aún considerando los muy diversos puntos de vista que se adoptan para calificar y valorar al Profesional de la educación, como los de la familia,  de los empleadores, de las autoridades, etc.

 

Para nuestros estudiantes, cuál es el o la buena “profe”. Una visión simplona puede llevar a pensar que es aquél que no les exige y les pone buenas notas. Falso, de estos docentes es de quienes los alumnos tienen peor imagen y son los que menos huellas positivas les dejan.

Es inevitable, que nuestra imagen acompañe a los jóvenes que reciben nuestras clases, en sus conversaciones, en sus anécdotas, en sus “pelambres”. ¿ Acaso, no es eso lo que nos sucedió a todos nosotros?  Y ¿cuál profesor(a)  dejó la huella  más influyente? ¿La imagen de qué maestro(a)  nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida? Lo más probable es que sea la de aquel o aquella que más nos exigió, a quien le vimos hacer su trabajo, el o la que, más que pasar el contenido, intentó enseñarnos.

 

Si por acompañar entendemos: estar con… no podemos desestimar esta dimensión tan relevante en el ejercicio de nuestra labor docente; el acompañar a nuestros jóvenes estudiantes está en ese curriculum oculto, del que depende llegar a transformarnos en un modelo positivo; eso que enseñamos y despertamos sin que esté explícito en ningún objetivo ni en ninguna planificación. Tiene que ver con presentar nuestras especialidades no como un fin en sí mismas, sino como un instrumento para entender la creación; se  trata de educar para la vida; se relaciona íntimamente con el compromiso de estimular y/o fortalecer en los jóvenes la opción explícita de su proyecto de vida, es decir, su vocación. Esto, más que las materias que enseñamos, es lo que nuestros estudiantes se llevaran de nosotros.

 

Lo que digo no es utopía; yo conozco a un profesor así. Me enseñó matemática. Se llama Rigoberto Becerra y todavía enseña en Cerrillos. Él, más que dedicarse a desarrollar guías, comparte con los jóvenes su pasión por las matemáticas. Yo llevo 30 años de docencia tratando que mis alumnos me vean a mí, como yo lo veo a él.

 

Si pensamos en la Docencia como acompañamiento, ya no es sólo compleja, como dijimos al principio, sino que además, delicada. Lo técnico, lo administrativo, lo curricular, se puede corregir. Una mala imagen frente a tantos ojos que nos observan… ¿?

 

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